Cover of: Parafernalia de la mentira en América. El arte de la mentira en el discurso verbal y corporal en Iberoamérica | Ruano Faxas, Fernando Antonio

Parafernalia de la mentira en América. El arte de la mentira en el discurso verbal y corporal en Iberoamérica

Ediciones ЯR

Published by Ediciones ЯR in 2009 .

About the Edition

En este libro se explora la mentira, tanto al nivel de su producción en los lenguajes verbales como al nivel de su producción en los lenguajes no verbales o lenguajes corporales. Aquí se trata a la mentira tanto al nivel de los emisores o codificadores de la mentira como al nivel de los receptores o decodificadores de la mentira. La primera versión de este material apareció en México, D.F., en el año 2001.

Entrando de una buena vez en materia, supongamos que usted vive en uno de los países más poderosos del mundo, en donde, también supuestamente, “todo está calculado y pronosticado”. Pero, supongamos también, otra vez, que usted vive dentro de ese supuesto país en una zona que está calificada como de “alto riesgo” porque se ubica en un área de catástrofes climatológicas –sequías, inundaciones, ciclones, etc.–, de catástrofes geográficas –terremotos, etc.–, de catástrofes socio-políticas –guerras, fronteras políticas, conflictos tribales, conflictos étnicos, conflictos religiosos, esclavitud, narcoguerras, crimen organizado, delincuencia organizada, mafia, terrorismo en cualquiera de sus tan variadas y habituales formas, camorra, falsas democracias o antidemocracias o pseudodemocracias, tortura psicológica, tortura física, conflictos debido a los recursos naturales, en especial el agua, la fauna, la flora, etc.–, de catástrofes económicas –economía informal, mercado pirata, fuga de capitales, evasión de impuestos, plagio de marcas, fuga de cerebros, fuga de empresas, estanflaciones...– (Ruano, 2003e). ¿Qué se supone que usted espera de las autoridades de ese país, de esa región, de ese estado, en el caso en que se produzca una catástrofe, la que sea? ¿Se supone que usted considera que las autoridades actuarán en esa potencia mundial con tino, con rapidez o prontitud, con lógica, o que se tomarán todo el tiempo del mundo para decidir qué hacer, cuando ya a veces el daño es total e irreversible? Los ejemplos que demuestran la incapacidad de las autoridades en grandes potencias mundiales son muchos, en especial en Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia, Alemania, Japón, Francia, Italia, España, etc. Espero que aquí usted no olvide la negligente actuación de muchos países, estados, instituciones y grupos religiosos, en especial de ciertas y reconocidas grandes potencias, en, por ejemplo, la Primera Guerra Mundial –se enfrentaron 32 naciones y en 4 años de guerra, 1914-1918, murieron más de 47 millones de personas– y su detonador, Sarajevo, con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo en 1914; en la Segunda Guerra Mundial, 1939-1945, en donde intervinieron 61 países y con un resultado de más de 60 millones de muertos, el conflicto bélico más devastador de la historia de la Humanidad; en la terrible y dolorosa Guerra Civil Española, el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial o primera fase de la Segunda Guerra Mundial, según algunos especialistas; en la Guerra de Vietnam; en los seculares conflictos y guerras fratricidas del mundo árabe, entre los mismos árabes y entre árabes e israelíes; en los exterminios imprudenciales y los exterminios premeditados y calculados de grupos indígenas de América y África, y hasta de grupos minoritarios, desprotegidos o en estado de indefensión europeos etc. Entonces imagine la vida de desasosiego, de incertidumbre, de desconfianza, que llevan los habitantes de los pueblos y países dependientes, satélites, tercermundistas, cuartomundistas, atrasados y altamente corruptos (Ruano, 2003a; ENCUP 2001, 2003 y 2005; Amnistía Internacional, 2005). Y aquí espero que usted no olvide que América Latina está considerada como la zona más peligrosa del mundo en la defensa de los Derechos Humanos, y que los países en donde hay mayor violación de los Derechos Humanos en esta área, según las estadísticas de 2005 de Amnistía Internacional son Colombia, Guatemala, Brasil, Honduras, Paraguay y México. ¿Sabe usted, realmente, cómo se comportan y qué se dice, o sea cuál es la conducta verbo-corporal, de las personas afectadas por conflictos y siniestros? ¿Sabe usted, realmente, cómo piensa y reacciona la gente de su país, en especial los afectados, ante situaciones de conflicto y cataclismos? (Ruano, 2008).

Estos comportamientos verbo-corporales inesperados, a veces descontrolados, están relacionados con muchas causas, sociológicas y psicológicas. Todo esto es muy importante en la comunicación no verbal porque entre los individuos que intervienen en una comunicación, entre los discursantes, se establecen ciertas relaciones que determinan el lugar que cada uno de ellos ocupa sociolingüísticamente hablando y se definen los patrones y estilos discursivos verbo-corporales del poder, de “la agresión” y de “la sumisión”, de “la verdad” y “la mentira”, de “la sinceridad” y “la falsedad”: “En las relaciones [de los que intervienen en una comunicación verbo-corporal] es fundamental el rol que tiene el poder que cada participante manipula en la relación, ya que es éste el que le permite ocupar un lugar de superioridad, de igualdad y otras veces de inferioridad frente al otro hablante-oyente.” Los comportamientos verbales y no verbales inesperados son comunes porque la vida está hecha de ciclos: hay momentos buenos y momentos malos en la vida de todas las personas –aunque sabemos que a muchas zonas geográficas, a muchos pueblos, a muchas etnias y a muchas personas, por los motivos que sean, siempre les ha ido mal, y a menos que se produzcan cambios bruscos, siempre les irá mal–. Normalmente, ni existen las personas que siempre están alegres o de buen humor, ni existen las personas que siempre están tristes o de mal humor. Lo contrario sería patológico en nuestras culturas occidentales. Y no podemos esperar que el que esté feliz o contento en un determinado momento o en un determinado ciclo de la vida, pretenda que todos los que le rodean también estén felices y contentos en ese mismo momento o ciclo de la vida. Realmente lo que se debe buscar, y lograr, es el “supuesto equilibrio comportamental verbal y no verbal”, de manera que ni afectemos negativamente en extremo a los demás y que los demás tampoco nos afecten negativamente en extremo a nosotros en nuestros discursos verbales y no verbales cotidianos en la vida pública, en la vida laboral y en la vida familiar. Definitivamente, los problemas concretos están ahí y hay que analizarlos, discutirlos, resolverlos, en la vida pública, en la vida laboral y en la vida familiar o íntima. No tenemos otra opción, por las mismas particularidades de nuestras socializaciones globalizadas. Podríamos pensar que para resolver los problemas de la comunicación humana violenta, conflictuada, habría que acudir al “instinto humano”, a las reacciones instintivas de protección, de conservación. Pero resulta que las conductas instintivas son extremadamente complejas, que el papel que desempeña el instinto en la conducta humana no queda claro entre los científicos, que la herencia marca los instintos de las personas y que, finalmente –si consideramos, entre otras cosas, que los animales en general, incluyendo al animal humano, con una misma estructura genética se comportan de manera diferente si se les proporcionan recursos distintos–, existe también el” instinto de agresión”, “los instintos de los agresores”. Entonces, dadas nuestras experiencias en nuestras sociedades, muchas de ellas inclusive civilizadas, primermundistas, con elevados índices de alfabetización y educación, no podemos confiar en el instinto o los instintos que supuestamente deben portar los individuos de los grupos civilizados, porque en este aspecto nunca sabemos qué puede pasar, quién y cuándo va a realizar un acto considerado como agresivo, a veces letalmente agresivo. En la mayoría de los casos nos dicen que la sociedad está “protegida” (?) de los actos agresivos, es decir, de conductas agresivas y, por ende, de instintos agresivos; pero, como dice el dicho, “del plato a la boca se puede caer la sopa”: las estadísticas de criminalidad, las estadísticas de las procuradurías jurídicas, las estadísticas de las procuradurías sociales, los juzgados, las cortes jurídicas, las organizaciones de los Derechos Humanos, las organizaciones internacionales para el control del crimen y de la delincuencia, etc., dicen totalmente lo contrario. Y si es evidente que una estructura internacional del tipo de la ONU, la Comunidad Europea, la OEA, etc., por un lado, y las estructuras gubernamentales en los casos concretos de los países, por otro lado, están incapacitadas para cuidarse a sí mismas de los actos agresivos, de los instintos agresivos de los agresores, entonces ¿qué podemos esperar nosotros, el pueblo? ¿Qué podemos esperar los pueblos pobres e incivilizados?

No podemos considerar la información de los lenguajes corporales, la comunicación no verbal de tipo corporal y en general la comunicación verbo-corporal sin tomar en cuenta el “instinto”, las variantes instintivas que son más frecuentes en la conducta humana de determinadas regiones o grupos y en determinados tiempos y situaciones. En lo tocante a la relación entre conducta-instinto-entropía muchas cosas no quedan claras; pero algo sabemos:

En el centro del comportamiento de los animales y del hombre está lo que se conoce como instinto o comportamiento instintivo. Es la denominación que se da a la tendencia de una especie determinada a realizar acciones de cierto tipo en unas circunstancias dadas, acciones que apuntan a algún objetivo fundamental para la existencia de la especie –por ejemplo, sustento, reproducción, crianza de la prole y huida del peligro–. Las acciones instintivas no se aprenden, y el que las realiza puede ser totalmente inconsciente del fin a que se dirigen. Por un lado, están íntimamente ligadas a factores fisiológicos [...] Por otra parte, el comportamiento instintivo va íntimamente unido a la inteligencia, es decir, la capacidad de aprender a partir de la experiencia [...] En todo comportamiento inteligente del hombre puede verse la operación instintiva –por ejemplo, el instinto de construir una casa–, de la que puede ser tan poco consciente como los demás animales. El instinto es un requisito necesario para la adquisición del aprendizaje.

El instinto es un sistema o concatenación de elementos, entre los que están la afectividad (o sentimiento) y un consiguiente deseo de logro (o esfuerzo), que desembocan en acción. El sistema puede activarse debido a un cambio de estado corporal que produzca la afectividad y el esfuerzo, o, más frecuentemente, por una cognición (o impresión causada por los sentidos) de algo externo que provoque la afectividad. Así, la búsqueda de pareja o alimento puede estar producida, al principio, por algún cambio corporal interno que origine una afectividad, deseo de logro (conación) y acción, y en el momento siguiente, cuando el animal ve, huele u oye a un compañero o una presa, la afectividad puede estimularse todavía más, la conación intensificarse y la acción continuar (Diamond, 1974: 184-185).

Los instintos humanos constituyen un área compleja y poco explorada en la vida científica. Los resultados que se tienen hasta ahora en este campo poco han servido para resolver los problemas concretos de criminalidad, agresividad y violaciones que afectan a la sociedad. Las reacciones instintivas de muchos grupos son una verdadera amenaza en la vida moderna. Los instintos agresivos y los instintos sexuales negativos están presentes en todos los pueblos; pero en unos más que en otros: cuestión de cantidad; en unas sociedades y grupos más que en otros, especialmente en las sociedades reducidas, atrasadas y poco florecientes (Ruano, 2003e).

En el continente Americano es bastante común este fenómeno de las conductas entrópicas o conductas desajustadas o conductas inesperadas –¿”baalización” de las culturas y las conductas?–, especialmente en las esferas de la política, la gobernación, la administración pública, la jurisprudencia, el sindicalismo y la religión... ¡Y las “sorpresas” en este sentido están a la orden del día y con los matices más policromos! Tradicionalmente estas conductas entrópicas que se observan en América en el ámbito de la política, la gobernación y la religión católica son negativas y tóxicas; pero muy de vez en cuando aparecen conductas y comportamientos inesperados, totalmente inesperados, que demuestran reflexiones y tomas de decisiones positivas y productivas, como ha sido el caso, por ejemplo, de las votaciones presidenciales a favor de mandatarios americanos como la perseguida política por el pinochetismo y exiliada política Berónica Michelle Bachelet Jeria, de Chile, una encantadora, brillante y finísima persona, todo un modelo a seguir para los aspirantes comprometidos "de verdad" con la política y la gobernación en América, en el mundo; el negro altamente cultivado Barac Hussein Obama, de Estados Unidos de Norteamérica; el campesino, obrero y muy talentoso y agradable Luis Inácio Lula da Silva, de Brasil, que ostenta el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, el Premio Internacional Don Quijote de la Mancha y varios títulos de Doctor Honoris Causa por diversas universidades del mundo, incluyendo universidades de Estados Unidos de Norteamérica; el obispo católico Fernando Armindo Lugo Méndez, de Paraguay, que le ha dado a ese país cosas que nunca imaginaron ni en sueños, como la atención médica gratuita para absolutamente todos los paraguayos; el intelectual y muy capacitado y comprometido con su país y las causas de América Latina Rafael Vicente Correa Delgado, de Ecuador y el indígena Juan Evo Morales Ayma, de Bolivia, que no teniendo estudios superiores ha recibido dos doctorados Honoris Causa, por Santo Domingo y por Panamá, un hombre sencillamente brillante y muy arriesgado [...]:

Indagar en las vidas de los responsables de las cosas públicas se ha convertido en una necesidad. Gracias a la democracia electoral hoy en día podemos elegir a nuestros gobernantes, pero seguimos votando a perfectos desconocidos. Conocemos hasta la fatiga sus caras y sus voces, pero ignoramos sus vidas o sus verdaderas trayectorias.

Pese a la enorme exposición de medios de la cual gozan todos estos personajes, desconocemos las respuestas. Las maquinarias políticas electorales convierten a los candidatos en productos de marketing; los transforman en héroes y en villanos a la vez, según el interés de cada partido. Sus currículos quedan esterilizados de toda mácula y se nos presentan como esposos leales, padres devotos, trabajadores incansables, ciudadanos honorables. Antes y durante la campaña muchos de ellos serán objeto de calumnias e imputaciones de toda índole. Atrapada entre la difamación o la glorificación de los personajes, la ciudadanía se ve obligada a elegir entre uno u otro producto político. Al final, las campañas electorales terminan convertidas en una guerra de adjetivos.

Es hasta que comienzan a dirigir nuestros destinos cuando descubrimos realmente de qué están hechos los nuevos soberanos. Y las sorpresas no siempre han sido buenas (Zepeda y otros, 2005: 5).

Un ejemplo habitual de entropía discursiva verbo-corporal lo constituye, en una buena medida, el discurso político latinoamericano –pero no solamente aquí, en el discurso político, aparecen las conductas entrópicas, sino que también este fenómeno es evidente en otros tipos de discursos, como es el caso del discurso socioconfesional, clerical, de la iglesia, de la religión o religiones, el discurso deportivo, etc.–, una forma de expresión verbo-corporal que tiene como características las floridas incongruencias, una desmedida libertad de la “imaginación” carente de la “razón”, las estructuras e imágenes fantasiosas, los disparates poéticos, las analogías más superficiales, los mitos, los mitoides, los refranes gastados, el lenguaje por tropos, y por supuesto las mentiras..., en resumen algo así como un “estado salvaje de la comunicación humana”... Todo esto constituye hoy, de la misma manera que ya sucedía en el México prehispánico, un gran problema en el ámbito del lenguaje verbo-corporal de los individuos civilizados, en el ámbito de la política de los grupos civilizados y alfabetizados, porque esos mensajes “raros”, sencillamente, no se entienden, ni entre los mismos políticos, y mucho menos son entendidos por pueblos marcados por sus “pobrezas de hablares y entenderes”. Basta una mirada al discurso diplomático en América, ese discurso que tiene que ver con las relaciones exteriores, con las relaciones internacionales, con la vida –¿y la muerte?– de los hombres diferentes de comunidades “diz que” iguales..., un discurso que es una manera de comunicarse para incomunicarse, que los mismos políticos no entienden “pero aceptan”. Pero este asunto no está del todo mal si consideramos las “contribuciones” que realizan nuestros políticos al desarrollo de las investigaciones en el campo de la sociolingüística y la lingüística aplicada al mostrar la “flexibilidad mental” y la “flexibilidad verbal”, producto de la incultura lingüística y la cultura de las apariencias.

Todos sabemos que la vida del latinoamericano es entrópica, desordenada, con constantes alteraciones negativas, producidas por los mismos riesgos del medio ambiente (Ruano, 2003e), por una educación y una instrucción desajustadas, atrasadas, no competitivas, matizadas por las “pobrezas de los hablares y de los entenderes” (Ruano, 2000; Ruano 2003a), por las obligatorias migraciones humanas producto al desequilibrio económico y político del área (Ruano, 2003a), por las presencias de aparatos políticos, gubernamentales y jurídicos en la zona que no tienen ni pie ni cabeza, con una justicia sin rostro y altamente desprestigiados en los planos locales e internacionales (Amnistía Internacional, 2005; ENCUP 2001; ENCUP 2003; ENCUP 2005; Cacho, 2006; Cacho, 2007), por la apatía, la desidia, la falta de compromiso ciudadano y la nula, poca o desacertada participación de las masas de electores en las decisiones que rigen el futuro de nuestros países y del Continente en general (Heras, 2006).

¿Pero por qué analizar los lenguajes verbo-corporales de las variantes discursivas de políticos, gobernantes, funcionarios, directivos y administradores del ámbito político-gubernamental? ¿Por qué analizar las conductas verbo-corporales, tanto en el aspecto social como en el aspecto psicológico y en el aspecto criminológico-victimológico, que se producen en los variados contextos espacio-temporales de este tipo de liderazgo social, es decir el del ámbito político-gubernamental-administrativo, en el ámbito de la administración de la justicia? ¿Por qué analizar la imagen verbo-corporal de “los grandes”, la conducta verbo-corporal y protocolaria de “los grandes” (Bruyère, 1998: 171-187)? En fin, ¿por qué analizar los rituales verbo-corporales del poder en América? La respuesta es muy sencilla:

  1. En primer lugar, porque el lenguaje verbo-corporal político-gubernamental-administrativo se ha estudiado y se estudia como cualquier otra área o esfera de la comunicación social y de los lenguajes especializados, variantes sociolingüísticas de uso de los idiomas, variedades diastráticas de los idiomas o coordenadas socioculturales de los idiomas (Ruano 1992; Ruano, 2005b; Calvo, 1980; Laveaga, 2008).

  2. En segundo lugar, porque al ser el Continente Americano, y en este caso concreto Latinoamérica o Iberoamérica, un área con tantos contrastes, contradicciones, arbitrariedades y utopías en un mundo globalizado, pone ante los investigadores de las Ciencias Sociales y las Humanidades de todo el mundo un extenso campo de investigación, el cual puede abordarse desde los más variados puntos de vista, ciencias y ramas del conocimiento.

  3. En tercer lugar, porque la mayoría de los “líderes” (?) de América, a través de la historia y en la actualidad, han decidido las vidas y los futuros –incluyendo aquí los desastres, los aniquilamientos y las muertes– de absolutamente todos los seres humanos del mundo, y de manera avasalladora, invasora, arbitraria, disfuncional, retrógrada, tercermundista y cuartomundista (Chomsky, 2002a; Chomsky, 2002d; Chomsky, 2006; Chomsky, Ramonet y Sepúlveda, 2004; Greenspan, 2007).

  4. En cuarto lugar, es necesario considerar, analizar detalladamente y poner en claro de una buena vez los falsos supuestos en torno a que los aparatos político-gubernamentales-administrativos de América se nutren de los más inteligentes –considerando aquí las “inteligencias múltiples”, es decir la existencia de 9 tipos de inteligencia (Ruano, 2000)–, de los más intuitivos, de los más fuertes, de los más hábiles, de los más autoritarios, de los más poderosos, de los más capacitados, de los más aptos, de los más sabios, de los más respetuosos, de los más influyentes, de los más carismáticos, de los más competitivos, de los mejores conocedores del trabajo cooperativo en equipo, es decir de personas que han sido seleccionadas por sus “valores aparentes” y no por sus “valores ocultos” (Antaki, 2000: 169-177).

  5. En quinto lugar, es necesario poner en claro los mecanismos variados, complejos y polémicos, transparentes y fraudulentos, del ejercicio del poder en América y definir la estructura imagológica de los administradores de los bienes comunales –especialmente el dinero y las relaciones– del área para así, de ser necesario, aplicar las leyes y las estrategias que convengan al pueblo.

  6. En sexto lugar, porque toda empresa se reserva el derecho de crear el perfil de contratación de sus empleados, de sus trabajadores, de sus obreros, de sus contratados. Así, la gran empresa llamada pueblo o sociedad, que es la que se encarga de contratar a sus trabajadores, a sus empleados, para la dirección, la administración y el control de los bienes comunales y de las relaciones sociales, y que es la que les paga a esos trabajadores, dentro de los cuales están hasta los presidentes de gobierno, los secretarios o ministros de estado y los jefes de partido, debe conocer en detalles los “requisitos para los puestos” y las particularidades sociológicos, sicológicas y biológicas –incluyendo aquí, obviamente, las variantes discursivas verbo-corporales, los protocolos y las capacidades mentales– de los “aspirantes”, para evitar “ciertas sorpresas” en el desempeño de los cargos.

Pero, además, es necesario considerar, analizar, investigar y exponer en los medios masivos de comunicación las disquisiciones constructivas en torno a las conductas verbo-corporales del ámbito político-gubernamental-administrativo porque las violaciones y las transgresiones que se producen aquí ya han llegado al límite de la tolerancia de las masas populares, en todos los sentidos y al nivel internacional, cosa que sabe perfectamente el mundo entero, tanto al nivel de las masas ilustradas, que leen, que se actualizan, como al nivel de las masas populares semianalfabetas, analfabetas funcionales o totalmente analfabetas, en especial gracias a los programas radiales, a la televisivos, al cine; gracias a los dichos populares, al albur, y los cuentos populares; gracias a la tradición oral... (Brozo, 2007; Albarrán, 2007; Almazán, 1990; La Parodia [Programa de televisión mexicano]; San Nicolás del Peladero [Programa de televisión cubano; búsquese en YouTube]; El Wueso [Programa de radio mexicano]; Desde Gayola [Programa de televisión mexicano]; La chuleta [Programa de radio mexicano]; Dresser y Volpi, 2006; García y Ahumada, 2007;...). A este respecto, las consecuencias de la degradación, del amoralismo, de la corrupción, del robo, del nepotismo, del tráfico de influencias, del paternalismo, de la irrespetuosidad, de la agresión y de las mentiras son inconmensurables, y en la mayoría de los casos, de no corregirse estas aberraciones en un mundo moderno y globalizado, y a tiempo –lo que casi nunca sucede–, los desenlaces están marcados por profundos conflictos y enfrentamientos grupales, la mayoría de ellos cargados de odios y choques sangrientos que reflejan nada más y nada menos que estados de presocialidad, atraso social, incivilidad y barbarie, todo lo cual se produce en toda nuestra América, pero también en Iberoamérica, y me prefiero aquí concretamente a España y Portugal (Ruano, 1987; Ruano, 1992b; Ruano, 2003c; 2007). ¡Por eso, justamente, se debe tratar, desde la óptica que sea, las conductas verbo-corporales de nuestros dirigentes y en todos y cada uno de los ámbitos del desempeño, sin la más mínima secrecía! Ni modo: ésa es parte esencial del perfil del puesto que los mismos funcionarios eligieron. Los pueblos tenemos que conocer muy bien a quiénes elegimos como nuestros representantes. Tenemos que conocerlos por fuera y por dentro: a ellos y a su familias y a sus relaciones sociales, a sus herencias socio-culturales y a sus herencias genéticas, sus estados mentales, sus estados de salud, sus enfermedades, sus achaques, “sus pasiones y pasatiempos”, sus hábitos y habilidades, sus aspiraciones y sus frustraciones, sus cargas de hipocresía... ¡Creemos que ya las “sorpresas” han sido suficientes y aleccionadoras! ¿Es que acaso queremos más? ¿Es que acaso necesitamos más?:

Por eso cuando se busca un proyecto nuevo de comunidad, de nación, de pueblo, de grupo, en donde se supone que se debe buscar “igualdad”, “equilibrio”, “respeto” entre los seres humanos –en teoría así debería suceder en los grupos “civilizados”–, por lo menos ante la ley, lo primero que hay que hacer es civilizar a las personas, alfabetizarlas, hay que crear libros, manuales, adaptados a esos proyectos, y que expongan de manera clara y tajante todo el arsenal de conocimientos y conductas que se necesitan para lograr el cambio. Por eso para lograr “el cambio” hay que tomar en cuenta a la ciencia y a la técnica, y a los verdaderos científicos y a los verdaderos técnicos... Cada pueblo civilizado debe tener sus programas, sus manuales, sus compendios, sus leyes, que expliquen las cosas buenas y las cosas malas de ese pueblo y de todos los pueblos que conviven con él, para evitar encuentros desagradables con “el otro”, con “los otros”. Pero si un pueblo, una comunidad, un país o una persona no sabe ni quién es, si es incapaz de “encontrarse consigo mismo”, de una manera sincera y honesta, entonces el problema es grande, muy grande. Si en tiempos de civilidad un pueblo, una comunidad, un país o una persona se identifica con la barbarie –es decir esa situación social en la que impera el analfabetismo, la falta de cultura, el atraso científico, el atraso tecnológico, la involución social, la rusticidad, la crueldad, el terrorismo, el genocidio, la anarquía, la anomia, la falta o desconocimiento de los más elementales protocolos de respeto a la comunidad o comunidades, las violaciones a los derechos humanos, incluyendo los derechos humanos más elementales, las violaciones sexuales y en especial la pederastia...–, entonces, por más que ese pueblo o esa comunidad o ese país o esa persona intente demostrar “civilidad” –y ya conocemos cómo funcionan los “lenguajes de las apariencias” y las máscaras–, “es” bárbaro y transmitirá a través de su lenguaje verbal y de su lenguaje corporal barbarie, incivilidad. ¡Eso está más que claro! Y cualquiera que viva en la barbarie, justamente por las mismas características inherentes a la barbarie, desconoce la trascendencia del verdadero significado de “lealtad” y también de “traición” en situaciones de civilización. El que vive en la barbarie no es leal ni a nadie ni a nada..., el que vive en la barbarie es leal según las conveniencias, según los intereses, según los tiempos..., y su lealtad siempre será muy pasajera y condicional..., y traiciona a cualquiera o a cualquier cosa..., también según las conveniencias, según los intereses, según los tiempos. ¿Por qué? Muy sencillo, porque el que vive en la barbarie sólo conoce los “valores” de la barbarie, y ve a los “valores” de los grupos civilizados como algo anormal. Para el que vive en la barbarie “lo normal” es la barbarie, es decir “lo anormal” en un mundo civilizado. Es bastante frecuente ver que ciertos grupos e individuos en particular no ven como “bárbaros” los “hechos de barbarie”, y aquí estoy considerando desde un mandatario que no considera sus crímenes de guerra y sus invasiones como bárbaros hasta un grupo o comunidad que atenta contra otro grupo o comunidad, de la forma que sea, o un líder religioso, político o social que protege abierta y descaradamente a un violador de niños, a un pederasta. ¿Acaso éstos no son, todos, “hechos de barbarie”? ¿Acaso estos hechos, por diversos que sean, no son el resultado de la barbarie y la incivilidad? ¡Claro que sí! [...] Por toda esa barbarie que ha existido en el pasado, que existe en el presente y que, tal y como se presenta el panorama internacional, existirá en el futuro, muchos pueblos del mundo, muchas organizaciones internacionales, muchos grupos humanos, tendrán que seguir diciendo: “¡Dios mío, qué hemos hecho!” Lo más terrible de todo esto es que existen pueblos en esta Tierra que tendrán que decir estas macabras palabras muchas y muchas y muchas veces..., mientras otros pueblos, y hasta continentes enteros, observan de manera indiferente, inhumana y hasta cómplice la barbarie [...]

Los pueblos siempre guardan muchos secretos, secretos de todo tipo. Los pueblos, a través de los “idiomas”, a través de los “lenguajes”, siempre guardan muchos secretos..., el tiempo pasa..., la gente no recuerda... Pero esos “secretos” se conocen a través de las investigaciones de muchas ciencias y de la literatura en general: filología, historia, lingüística, traductología, filosofía, antropología, etnología, lexicogenesia, etimología, semántica, semasiología, simbología, semiótica, folclore, folclife... [...]

[Hoy es fácil conocer el historial de la gente, de todo el mundo, y en especial el historial de los candidatos a los puestos públicos] En el pasado era muy fácil borrar toda esta “documentación reveladora y comprometedora” [...]: sencillamente se le daba candela a los textos, a las bibliotecas, a los archivos, y también se exterminaban las fuentes humanas, se les mataba o se les desaparecía, que era la práctica común... Hoy esto no puede suceder porque toda esa documentación está registrada en todo el mundo, en todos los centros de información, en todas las bibliotecas, hemerotecas, videotecas, filmotecas, redes de Internet, etc., y especialmente en los países civilizados la humillante mano del inquisidor ya no tiene fuego... Toda esta documentación reveladora ni se ha perdido ni se perderá ya, al contrario, porque aparece en la más eficaz y rápida vía de información del mundo moderno: Internet, en donde solamente hay que poner una palabra y ya, aparecen cientos y miles de documentos en torno al dato buscado, ya sea un documento o el nombre del traidor o el nombre del traicionado. Por eso Internet es el terror de los “inculpados”, de los “culpables”; y contra ella ya nadie ni nada puede luchar, su fuerza es muy grande y su alcance es mundial. Lo que hizo el “culpable”, antes o ahora, se difunde en segundos por todo el mundo. Por eso la vergüenza y el desprestigio del culpable y de su grupo son mayores, porque son universales: su imagen y su culpa están en todas las computadoras del mundo, en todos los idiomas del mundo, ¡y cómo hay computadoras e idiomas en este planeta! (Ruano, 2003e).

La necesidad de formar una imagen política como recurso para generar poder no es nueva. Data de milenios, desde el origen mismo de las formas de organización social que requerían el ejercicio de un liderazgo encaminado a distinguir a los seres humanos en dos tipos: los que ejercen el poder y aquellos sobre quienes se ejerce dicho poder.

Imagen pública y poder han estado ligados desde tiempos remotos. En su momento, el significado de los rituales y el uso de los símbolos que distinguían a los jefes y nobles, a los sacerdotes y guerreros, generaron imágenes poderosas. El poder se ligó a la fuerza, la sabiduría y el conocimiento. El culto divino fue representado por los colmillos, los cuernos o la piel de los animales, por adornos corporales, tatuajes, coronas, cetros o bastones.

Conforme las civilizaciones evolucionaron, la imagen el poder lo hizo también. Faraones, reyes y césares construyeron magníficas obras en las que se mostraba el esplendor y la magnitud de su dominio. Sus estatuas y pinturas manifestaban su grandeza y perfección. Su riqueza les permitía construir imágenes que los representaban como hombres y mujeres muy por encima de lo común.

En aquellos tiempos, en puntos de reunión como templos, mercados y cuarteles, en los sellos de correo y las monedas, en los estandartes de guerra o en cada uno de los puntos cardinales de sus dominios, los reyes de esos días colocaban una imagen de sí mismos como símbolos del poder que poseían.

Los tiempos cambiaron, pero no la idea central de que el poder estaba ligado a la imagen y viceversa, de tal forma que las mujeres y los hombres del poder podrían estar seguros de que pasarían a la historia sin los defectos de su realidad humana, en un ambiente imaginario, propicio y reservado sólo para ellos, inalcanzable para el resto de la sociedad. Sin embargo, diversos factores fueron acotando la relación entre el poder político, su representación simbólica y la percepción de los gobernantes. Algunos se debieron a la propia evolución histórica, unos más al avance tecnológico, y otros, a los cambios socio-políticos, principalmente a la relación misma que se configuró entre gobernantes y gobernados. La consecuencia fue que la imagen de los gobernantes se hizo más terrena, cotidiana y humana.

Si continuamos haciendo historia, encontraremos que el nacimiento y crecimiento de los medios de comunicación originó que los miembros de la casta gobernantes empezaran a echar mano de otras tácticas para incidir en la percepción de sus gobernados, de tal manera que la dramatización de la imagen política fuera instrumento no sólo de comunicación entre ambos, sino también de manipulación, persuasión y seducción. La política adquirió así algo de aspecto teatral, en cuyos escenarios muchos sucumbían o corrían el riesgo de verse marginados y de conformarse con un rol secundario si es que no sabían entender el valor de la definición, construcción, administración y evaluación de su imagen pública [...]

En política, la imagen es un recurso, un instrumento, una herramienta, un proceso y un método para acceder al poder, para competir por él, para ejercerlo y conservarlo. Como recurso, instrumento y herramienta, la imagen política debe ser utilizada de manera estratégica, oportuna y eficiente. La calidad de la misma depende precisamente del poder que pueda generar, es decir, de la influencia, liderazgo, dominio, privilegios, distinciones, oportunidades y seguidores leales que produzca.

La imagen política es un proceso cuyo fin último está relacionado con el poder, entendido éste como la capacidad para hacer que otros hagan lo que en condiciones normales no harían. El poder se estableció para que algunos –unos cuantos– puedan influir en las decisiones de otros –las mayorías–, lo que implica establecer un orden de las cosas y recibir un trato social diferenciado como consecuencia de ello.

Contrario a lo que se puede argumentar, la idea del poder no es democrática, ni tampoco lo es la del gobierno ni la de la autoridad. Esta distinción es importante porque la imagen política está ligada a estos conceptos. Esto requiere que se interprete adecuadamente por lo que ello significa, pues la democracia, que es igualdad de oportunidades, respeto, tolerancia, reconocimiento de la diversidad, competencia limpia, condiciones de equidad, pluralidad, transparencia y rendición de cuentas, constituye el ejercicio de poder de los más capacitados para representar en planos diferenciados de interés, las voces segmentadas de las mayorías.

Aunque los más nobles ideales y aspiraciones impulsen a una persona a competir en la política, la forma de cumplirlos dependerá de los grupos, intereses y recursos que pueda articular en torno de sus metas. Así las cosas, una vez que se ha establecido y se ha cumplido con el orden democrático, nos permite comprender que ni el poder ni las funciones públicas pueden ser de todos. Para ser legítimo, el poder debe ejercerse por quienes la sociedad ha seleccionado como las más aptos y encontrar en la coherencia del ser y parecer de la oferta de política, la producción de referentes de percepción que incidan en la toma de decisiones de los distintos públicos meta. De esta forma, la imagen política será el resultado de un proceso de creación, promoción, difusión y comunicación que le permite al actor político presentarse ante los diferentes segmentos ciudadanos proporcionándoles la información que requieren para que sea seleccionado entre las distintas opciones en competencia. De ahí la importancia de que la imagen política sea la óptima, considerando que de ahí se parte para transmitir una imagen de confianza y certidumbre que incida en los planos de identidad y credibilidad ciudadanos.

Ahora bien, defino la imagen política como la percepción derivada del conjunto de estímulos verbales y no verbales que permitirá a las personas o instituciones identificarse, distinguirse y posicionarse de manera positiva en el escenario de la competencia y el poder políticos (Paredes, 2003: 349-352).

En este sentido de la imagen político-gubernamental-administrativa latinoamericana, lo primero que llama la atención en el escenario político-gubernamental-administrativo –¿o teatro político?– del área son las formas a través de la cuales se llega al poder, las formas tan características, sui generis, de elegir funcionarios y aparatos gubernamentales, en las que “todo es posible”, en especial las triquiñuelas, las corruptelas, lo chueco, la transa, las compras y ventas de influencias y de votos, los tráficos de influencias, los coyotajes, las mordidas, el nepotismo, la violación de las leyes, las infracciones, las amenazas, los atentados, los raptos, las desapariciones, los asesinatos, todo lo cual aparece reflejado diariamente en la prensa, en la libros, en la radio, en la televisión, en Internet, en las denuncias de grupos e individuos particulares ante organismos nacionales e internacionales. Y, por supuesto, si por alguna razón el elegido o la elegida o los elegidos para el poder, en algún momento, no responden a las “expectativas” de la “mafia electora o electorera”, entonces aparecen “en un cierto momento” los arrepentimientos públicos, las lamentaciones públicas, las declaraciones públicas, de la mafia que eligió y decidió, a través del conocido “dedazo” sobre todo, al “poderoso, jefe, cacique, presidente, gobernador, alcalde, etc.” La imagen de los políticos en Iberoamérica, generalmente, es lo que en cinematografía se podría llamar la imagen del “doble” o de la “doble”, en este caso del doble del estadista o verdadero hombre de estado, algo así como una imagen falsa, artificial, borrosa, una imagen de urgencias y riesgos, imágenes opcionales que nunca conducen a la gloria, una imagen que quiere llegar, que desea llegar, que pretende llegar, pero que no puede, porque las exigencias de un personaje principal son muchas y muy complejas, demandantes, comprometidas; la imagen del político latinoamericano es la imagen de ese “doble” que hace las escenas difíciles, con mucho riesgo, de las que siempre se sale descalabrado, a la entrada o a la salida, al principio o al final, por una causa u otra. La imagen política de los que gobiernan en Iberoamérica es el resultado de la imagen política negativa general del área y de la imagen política de cada país iberoamericano en concreto; es decir una imagen política negativa –salvo rarísimas excepciones, como podrían ser los casos de Costa Rica y Uruguay, llamados “democracias plenas”– resultante de regímenes con pseudodemocracias o democracias defectuosas o democracias imperfectas –Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, El Salvador, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana–, de regímenes híbridos –Ecuador, Haití, Nicaragua, Venezuela– y de regímenes autoritarios –Cuba–. La imagen política de los que gobiernan América Latina, de quien gobierna en Iberoamérica, es, casi siempre, salvo muy raras excepciones, una imagen secundaria, no protagónica en el plano internacional; es la imagen de un “doble” porque en este “escenario internacional” es solamente para eso para lo que está preparado ese individuo, ese tipo de persona, y desde la infancia, porque su comunicación verbal y su comunicación no verbal así lo dicen, ése fue su esquema educativo, esa es su herencia comunicativa, y el político latinoamericano es muy fiel, en todos los sentidos, a su legado instruccional y educativo, a su herencia: ¡ni entender ni darse a entender!, ¡hablar y no decir nada congruente!, hablar con un lenguaje cargado de indiscreciones y trampas lingüísticas –y si alguien protesta o se le cuestiona o los medios denuncian, pues entonces aparece la frase habitual: “es que malinterpretaron mis palabras”, “es que no me entienden”, “es que eso no fue lo que quise decir”–; mover su cuerpo con gestos batuta y ademanes que se lleva el viento, usar un lenguaje corporal, unos gestos, que muy pocas veces coinciden con el lenguaje verbal; discursar con variantes verbo-corporales matizadas por el analfabetismo funcional (Ruano, 2000; Ruano, 2008; Ruano, 2003a). La imagen del que gobierna en América Latina –y otra vez señalamos que salvo sus raras excepciones– nunca es la imagen de un “protagonista” mundial, incluso no es la imagen ni de un stand in –es decir, algo así como un “doble principal”–. Un verdadero protagonista, en cualquier ámbito de la vida, tiene que hacer que las cosas cambien, que las cosas sean diferentes. Un verdadero protagonista tiene que realizar el cambio: proyectar cosas buenas y hacer cosas buenas, y por supuesto predicar con el ejemplo. Ya es tiempo de que el que intente ser un protagonista de la vida política latinoamericana entienda que lo malo debe transformarse en bueno y que lo bueno (?) debe transformarse en mejor, transformarse en excelente, principalmente en los países ricos del área: Argentina, México, Chile, Venezuela, Brasil, Bolivia... Y que de esas cosas malas que hay que transformar en buenas, ¡pero ya!, porque de ellas depende el futuro inmediato de nuestros pueblos latinoamericanos, el lugar principal lo ocupan la educación y la pobreza. Es justamente a estas dos cosas, educación y pobreza, a las que deben enfocarse un gobierno y un funcionario que se jacten de protagonistas en los tiempos modernos. La experiencia –es decir ese conocimiento que en este caso adquirimos los seres humanos, particularmente los adultos que vivimos en socialización, gracias a la práctica y la observación, en donde es muy importante tomar en cuenta nuestras equivocaciones– nos dice que a la imagen de los que gobiernan en América, en América Latina, siempre le falta algo “bueno”, y siempre le sobra algo “malo”, en cuanto a forma y en cuanto a contenido. La experiencia que tenemos en Latinoamérica con los personajes que buscan estos tan comprometidos puestos de dirección y mandato populares, a los que nadie les obligó a aspirar, sino que fue su decisión propia, para lo que dijeron estar preparados, nos dice que, desgraciadamente, a estos individuos les falta ese “algo” que debe tener un “personaje principal”. Y sabemos que ese “algo” es el “todo” de requerimientos públicos, profesionales y personales que conforman la “imagen personal”.

En Iberoamérica, por ejemplo, es ya tradicional el hecho de que en ocasiones no sabemos, tanto nacionales como extranjeros, si el funcionario que dirige y se refiere a las masas, que hace las veces de emisor discursivo, está lanzando un chascarrillo, una broma, una bufonada, una imbecilidad, si está jugando “con palabras y gestos”, si está albureando, si es un poco siniestro, si está amenazando, si esta “particular estrategia discursiva verbo-corporal” lo que busca es evadir una verdadera realidad: la ignorancia y torpeza del funcionario en el tema o asunto que se está tratando; si en vez de estar a favor nuestro, del pueblo –porque es nuestro empleado en un final de cuentas, dado que le pagamos–, está en nuestra contra –“¿ni a favor ni en contra, sino todo lo contrario?”–, si son cantinfleadas o son estupideces –¿o ambas cosas?–... Otras veces este asunto se torna más triste y desesperante: cuando a la simple vista de cualquier pueblo, de cualquier grupo, inclusive medio instruido, queda claro que gobernantes, gabinetes, políticos o líderes, siguen proyectos que sencillamente no entienden, con el tradicional sistema de ensayo y error, donde los errores son, por supuesto, cataclísmicos. Esto sólo conduce al desastre de los pueblos, de las comunidades, de los grupos.

En cualquier tratamiento de la comunicación no verbal de tipo corporal, del lenguaje corporal, es necesario considerar que todos los discursos tienen sus tipos o géneros y subgéneros, que todos los géneros y subgéneros tienen sus características lingüísticas y estilísticas, y que estas características no sólo afectan a la forma de hablar, a la forma de leer, a la forma de escribir cuando se crea o se recrea –por la traducción, la interpretación, la reformulación...– un texto, sino que también estos tipos de discursos afectan a la forma que adopta el cuerpo cuando se habla, cuando se lee (Ruano, 1988; Ruano, 1992a; Ruano, 1992b; Ruano, 2000; Ruano, 2005b), cuando se interpreta y se reformula... Así, al tratar el discurso verbo-corporal político de Iberoamérica, es necesario recordar que los entornos, los espacios, las geografías, los ecosistemas, las áreas sociolingüísticas, las herencias, condicionan los discursos –al igual que condicionan a los seres humanos–, de la misma manera que también los condicionan las épocas, las tradiciones, las culturas, los hábitos, los protocolos, las esferas laborales y de desempeño... Y en este sentido el discurso político latinoamericano –así como también los mismos sistemas políticos de esta área– tiene sus características generales –¿los “cuentos chinos”? (Oppenhaimer, 2005)– y sus características particulares (Meyer y Reyna, 1999). Concretamente en México, en nuestros días, todo el proceso político de este país tiene sus marcas distintivas (Meyer, 2005), que, al parecer, se han mantenido vigentes, casi de manera idéntica, durante más de un siglo. Si tomamos en cuenta estos postulados lingüísticos y estilísticos en torno a los discursos y sus tipos, queda claro entonces que en el discurso político latinoamericano es muy difícil “llevar el hilo” de la conversación, del discurso, de la plática, del diálogo..., y, por consiguiente, se dificulta mucho también en este sentido la sincronía interaccional, el entendimiento por una de las partes y el mutuo entendimiento del discurso verbo-corporal, casi siempre abarrocado, atequitquiado y folclórico –una buena cantidad de programas cómicos televisivos y radiales ejemplifican esto, como mostramos en la nota 20–. Tal pareciera que en los discursos políticos latinoamericanos lo importante no es lo que realmente “ofreces” como candidato político o directivo partidista o gubernamental –que siempre, en principio, son las maravillas terrenales, y en algunos casos, los que “se pasan de pasados”, hasta las maravillas celestiales–, es decir “la neta”, sino que lo que importa realmente es que “los demás”, “la bola”, “la raza”, crean, creamos, a fuerzas, en “tus ofrecimientos” y toda la faramalla mítica y mitótica que rodea al discursante (Ruano, 1992b). Éste es todo un sistema comunicativo verbo-corporal ficticio o ficcional –es decir doble discurso–, jitanjafórico y glosolálico, con exordios pomposos, en donde, en el aspecto verbal, los estilos discursivos añejos, desajustados y ridículos, con excesos demagógicos, las invenciones de palabras con códigos, sonidos y significados especiales, nos remiten más –y claro que no por el aspecto artístico, ¡nada que ver!– a las figuras retórico-literarias de los maravillosos poetas Mariano Brull y Emilio Ballagas. Y en el aspecto corporal, hay que señalar, con mucha pena, que tanto políticos como gobernantes de Iberoamérica llegan a tener tantos elementos en su contra en este sentido –comunicación corporal, protocolos, etiquetas, imagen física, es decir la apariencia, la vestimenta, los accesorios u ornamentación, maquillaje, etc.– que su imagen física puede llegar a ser un verdadero ejemplo de apariencia desastrosa, de rusticidad, de mal gusto, de incompetencia social, nada elegante ni refinado ni práctico ni sofisticado; tampoco nada conservador o extravagante; tampoco nada regional o étnico... ¡Y eso que muchos han cambiado, y bastante en ciertos casos!, en especial debido a las costosísimas asesorías de reconocidos y no reconocidos consejeros y asesores de imagen social, de imagen pública, de protocolos, de etiquetas, de imagen física, a los cirujanos plásticos, a los dietólogos o dietistas... ¡Pero siempre hay algo que falta, algo que te delata y que dice de dónde vienes, quién eres realmente, a qué le tiras...: el alto protocolo, la alta imagen social, la elegancia (?) y el buen gusto (?), la distinción (?), el prestigio (?), los de verdad, no se aprenden en un trienio, en un cuatrienio o en un sexenio..., por arte de magia, por muy buenos que sean los asesores y consejeros; no obstante, se supone, algo se pega, o por lo menos pensemos que es así. ¡Para tener una “adecuada imagen social”, una “adecuada imagen pública”, son tantas las exigencias, son tantas las cosas, son tantos los detalles...! Sí, la ropa, los accesorios y joyas, el maquillaje, la cirugía plástica, las dietas, el salir en los medios de comunicación masiva con imágenes gratas y estudiadas, en lugares adecuados, a través de la información que dan ciertos comunicadores que hablen bonito y bien de nosotros..., todo eso cuenta; pero: ¿y a la hora de expresarnos, de hablar?, ¿y los discursos verbales?, ¿y el sentido de las palabras?, ¿y la dicción en contextos sociolingüísticos situacionales?, ¿y la cultura?, ¿y la instrucción?, ¿y a la hora de comer y de beber en sociedad?, ¿y el prestigio social?, ¿y el desprestigio social?, ¿y los actos inmorales y deshonestos que acompañan la imagen personal e institucional, empresarial?... ¡Sorpresas! Aquí, por lo menos en este mundo, no hay ni asesor ni vara mágica que borre en las personas y en las instituciones los actos inmorales, el desprestigio, los crímenes, los robos, los fraudes, los plagios –de personas pero también de ideas, de documentos, de invenciones– las violaciones a los derechos humanos y las violaciones sexuales, la pederastia..., por poca memoria histórica (Scherer, 2007) que tengan los pueblos. Aquí no queda otra cosas que decir que “lo que Dios te dio, que San Pedro te lo bendiga”, porque, obviamente, hay cosas que no podemos negar, que no se pueden negar, por muchos intentos que hagamos, y por mucho dinero que metamos en esos intentos, lo que a veces llega a ser toda una verdadera fortuna para “la limpia”. ¿Qué queda, entonces, en una buena cantidad de estos casos? ¿La “dejadez” o...? (Ruano, 2003e). La mayoría de nuestros directivos políticos y gubernamentales creen que con vestir ropas de marcas, caras, extranjeras, con hacerse cirugías estéticas “costosas” –lo que no quiere decir, necesariamente, “buenas”–, con llevar programas dietéticos y deportivos de modas, etc., ya todo está resuelto. ¡Nada más lejos de la verdad! ¡Terrible error que cuesta tantos dolores de cabeza y penas! En este mundo moderno, lleno de relaciones públicas de todo tipo, nacionales e internacionales, saturado de medios de comunicación masiva y críticos que constantemente valoran y cuestionan, es muy difícil lograr tener una buena imagen física, una buena imagen pública, una buena imagen social. Para lograr esa buena imagen, tan anhelada por todos pero tan exclusiva de muy pocos, se requieren muchas cosas, muchos sacrificios, mucha práctica; pero sobre todo y en especial se necesita de muy buenos consejeros y asesores de imagen social, de imagen pública, de imagen institucional, de imagen política, de imagen física... (Ruano, 2003b; Ruano, 2003d; Ruano 2003h). ¿Y cómo saber cuándo un asesor de imagen pública es bueno, es el mejor?: aquí principalmente se valora la “autoimagen” del asesor de imagen pública y la no presencia en él de los lenguajes verbo-corporales fingidos que rayan en la ridiculez social. Como se dice popularmente: “tú no puedes dar lo que no tienes”. El verdadero éxito en las relaciones sociales cuesta muy caro; pero una vez que se tiene se saborea divinamente.

Es indiscutible y demasiado evidente que la política al nivel internacional está en una situación de verdadero caos, de elevada toxicidad social, y el discurso verbo-corporal político actual es muestra de esto, en el mundo entero, en los cuatro continentes habitados por culturas nativas: Eurasia, América, África y Oceanía (Chomsky, 2002a, 2002b, 2002c, 2002d, 2004a, 2004b, 2005, 2006; Chomsky y otros, 2006; Sorel, 2006; Woodward, 2004; Suskind, 2004; Diamond, 2006): “¿Acaso las grandes figuras políticas del próximo siglo poseerán su ligereza ética y moral? Ahí tocamos un problema de fondo, que es la calidad de los dirigentes políticos: pocos son realmente de alto nivel” (Antaki, 2001: 107). Es indiscutible y demasiado evidente el deterioro de los valores colectivos en general y de los valores personales en particular: “Los valores colectivos se encuentran en plena decadencia” (Antaki, 2001: 108). Si sumamos estos dos problemas, ¿en presencia de qué estamos? Así es: ¡un verdadero y total caos! Sencillamente, miremos a nuestros alrededor y veamos el dramático espectáculo en el gran teatro mundial. En nuestros días unos pueblos pueden vivir “aparentemente” mejor que otros pueblos. El hecho de que hoy un pueblo viva sin guerras, sin conflictos bélicos, sin guerrillas, sin rehenes, sin secuestrados, sin matanzas humanas, ya es una gran ventaja; pero de ahí no pasa: solamente “una” gran ventaja... Lo que sucede es que hay otras cosas, muy importantes, que no se toman en cuenta, y que son bombas de tiempo. Las grandes masas –y aquí incluyo, por supuesto, a pobres y a ricos–, generalmente desposeídas de la cultura, del conocimiento, de la sensatez, del compromiso, de los verdaderos, reales e importantes valores del mundo moderno, globalizado, multicultural y pluriétnico, y del más elemental sentido común no entiende –no porque no quiere, sino porque no puede: una cosa es “mirar” y otra cosa es “ver”, una cosa es “ver” y otra cosa es “entender”– lo que está pasando y lo que se avecina en el futuro inmediato. Vivimos al día, vivimos para resolver los problemas inmediatos del hoy, y, en el mejor de los casos, del mañana. Pero ¿y el pasado mañana qué? ¿Lo único importante es dejarles a nuestros descendientes una cuenta en el banco para que vivan bien en el futuro? ¿Cómo se supone que van a vivir bien en el futuro? ¿Con dinero, pero sin aire para respirar, por ejemplo? ¿En espacios altamente contaminados por sustancias tóxicas –venenos, smog, drogas, alimentos infectados...– y por humanos tóxicos –individuos portadores de todo tipo de signos negativos: reactivos, criminales, delincuentes, ladrones, plagiarios (tanto de personas como de ideas, de programas, de invenciones, de escritos...), narcotraficantes, mentirosos, violadores, pederastas...– (Ruano, 2003e)? En este sentido de los problemas ecológicos y medioambientales estamos hasta el cuello, pero como seguimos “respirando” (?) no nos percatamos del hundimiento (Ruano, 2003e):

La idea de medio ambiente. Este término no significa tal o cual ecosistema, sino la realidad creada por el impacto de nuestras actividades sobre la biosfera. A la vuelta de los años sesenta y setenta se adoptó el término “medio ambiente” en lugar de “cuadro de vida”, que era el empleado por los geógrafos y los urbanistas desde hacía un siglo. Los problemas del medio son a menudo imperceptibles a los sentidos, como el efecto del calentamiento, la capa de ozono y la erosión de la biodiversidad. No son de sentido común. El medio ambiente ha marcado la introducción de la ciencia en el ámbito político. Las ideas científicas y políticas jamás han estado totalmente separadas a lo largo de la historia de las sociedades [...] Hoy las ciencias de la naturaleza intervienen directamente en la escena política. Hemos heredado de la Biblia y del cristianismo la idea según la cual la naturaleza era el marco de las relaciones del hombre con Dios [...] La naturaleza es un orden frágil. Necesitamos renunciar al mito ancestral de que la naturaleza es prolífica: los recursos naturales son finitos. Otro cambio determinante: pensábamos que la certidumbre de nuestros conocimientos desembocaría en el dominio técnico de los fenómenos. Somos ignorantes. Hay muchos problemas del medio que “conocíamos” que han resultado sorpresas. La generación actual es responsable de la sobrevivencia de las generaciones por venir. Pensamos en la necesidad de ir más allá que los límites de la moral de proximidad; cada uno de nosotros puede influir en la suerte de un número indefinido de individuos. Hay que instalar la idea de la precaución en el lugar donde se encuentra la del progreso (Antaki, 2001: 72-73).

Indiscutiblemente, y por el bien de toda la Humanidad, de esta sopa de la ecología tenemos que tomar todos. Aquí sólo nos resta decir como decía la maravillosa Celia Cruz: “Y en el medio de la sala, así gritó don Vicente: “¡Échale agua a la sopa, que llegó más gente...!” Lo que no somos capaces de resolver hoy de manera positiva y lógica, es una herencia negativa para el mañana, y en ese mañana vivirán nuestros descendientes, si es que tenemos tiempo de tenerlos. ¡Así están las cosas! ¿Quién considera en la actualidad en su programa de vida a futuro, por ejemplo, el deterioro del planeta?, ¿y los múltiples deterioros, en cadena, de los ecosistemas, la fauna y la flora?, ¿acaso esa no es una amenaza mortal para la especie humana?, ¿en cuántos programas de educación, al nivel que sea, se considera el desarrollar este tipo de inteligencia: la inteligencia naturalista? Hoy, en estas situaciones de internacionalización, los problemas no son ni de un área geográfica exclusiva, ni de una comunidad exclusiva, ni de un pueblo exclusivo. Hoy los problemas son del “mundo entero”, de todo el planeta, y quien no lo quiera ver así, que recuerde que hoy los problemas y las bombas están, inclusive, en los aviones comerciales. ¿A quién le va a tocar hoy?, ¡no sabemos! Hay que esperar, pero en esa espera estamos “todos”, sin excepción alguna. Por eso los problemas en nuestros días son de todos, y quien ve este asunto con apatía e indiferencia pagará su costo: ¡tanta culpa tiene el que mata a la vaca como el que le sujeta la pata! Y América, por supuesto, no se queda atrás en este sentido; muy por el contrario, si tomamos en cuenta que en este continente está el generador de los grandes conflictos, en todos los sentidos, de la segunda mitad del siglo pasado, del siglo XX, y de todos los grandes conflictos de este siglo, del siglo XXI: Estado Unidos. ¿Y qué papel desempeñamos nosotros los latinoamericanos en esta obra de mutua destrucción y, ¡oh, sorpresa!, también de autodestrucción?: no creo que a nadie se le haya ocurrido pensar que cuando este planeta se destruya se podrá ir a vivir tranquila y felizmente a la Luna o a Júpiter o a cualquier otro lugar de por ahí, inclusive a Marte, que es el planeta que tiene agua. Por lo menos “ahora”, eso no puede ser. Aquí, a la hora de la verdad, pues “o todos rabones o todos coludos”, ¡la “Ley de Herodes”!

Veamos un poco cómo reflejamos nuestro mundo americano a través del discurso político-gubernamental-legislativo-administrativo, especialmente en esta parte del continente llamada latina o ibérica.

El discurso verbo-corporal del ámbito de la política, de la gobernación, de la legislación y de la administración pública en América Latina –y en muchos casos también en Estados Unidos, de la misma manera que al nivel internacional– está en una situación que podemos calificar de triste y desdibujada, de doble moralidad, de desfachatez, de desvergüenza, en especial en determinados países del área: Haití, México, Colombia, Paraguay, Perú y otros más, concretamente debido a los desaciertos culturales, los desaciertos protocolares y de etiqueta político-gubernamental, los desaciertos cognoscitivos en todo sentido, la vulgaridad, los discursos populacheros, campestres, bucólicos, faunísticos, rupestres, jitanjafóricos, ofensivos, hirientes y soeces; debido a la corrupción abiertamente imperante; debido a los desconocimientos de los problemas concretos del área; debido a la incapacidad para interpretar las exigencias de los nuevos tiempos de situación de “nueva globalización”; debido a las fraudulentas conspiraciones y protecciones a grupos delictivos al estilo tradicional y mafioso de siempre, al estilo “Cosa Nostra”, al estilo de la mafia y el crimen organizado al nivel mundial, al estilo de los muy conocidos: Cosa Nostra de Sicilia, Cosa Nostra Americana, Mafia Rusa, Mafia China, Mafia Mexicana, Mafia Cubana, Camorra de Campania, Yakuza de Japón, Tríadas Chinas, Ndrangheta de Calabria, Sacra Corona Unita des Pouilles, Maffya Turca, Mafia Albanesa, Cinco Familias, Séptima Familia, Familia Sasso de Argentina, Familia Barahonti de Perú, Cártel de Medellín, Cártel de Cali, Cártel del Norte del Valle, Cártel de la Costa Atlántica, Cártel de Tijuana, Cártel del Golfo, Cartel de Sinaloa, Cartel de Juárez, Cártel de Guadalajara... (Gayraud, 2007), algo que conocemos muy bien en América y desde hace ya un siglo, ¡por supuesto que nada nuevo! por lo menos para los que saben leer, para los que no son analfabetos o que “supuestamente” no son analfabetos (Ruano, 2008): en fin que en este sentido de las mafias, tomando el concepto de mafia, “grupo organizado que trata de defender sus intereses [de manera ilegal y criminal]”, pues la evidencia nos dice que “todos los de arriba en el mismo caldo de cultivo” (Frattini, 2005); debido a las más que conocidas complicidades con todo tipo de organización criminal, en concreto y principalmente con las mafias sindicales, con los mercados de la droga y con los grupos y bandas organizados del secuestro; pero muy especialmente debido a la inefectividad en el tratamiento, la interpretación y la aplicación de las leyes (Méndez y otros, 2003; Maris, 2003). En síntesis, este tipo de discurso es generalmente el típico “discurso efectista carente de fondo”, como lo llamara el célebre científico y pensador mexicano Manuel Gamio. El discurso político iberoamericano carece, generalmente, del encanto y del elegante y bien controlado “fingimiento discursivo” que tenía hasta el minusválido expresidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt (1882-1945) –era lisiado, tuvo poliomielitis, lo que le marcó físicamente por el resto de sus días, no obstante controlaba perfectamente sus movimientos corporales– (Fast, 1999: 166-174).

El discurso político latinoamericano adolece de involución, como se puede comprobar cotidianamente a través de la mayoría de las intervenciones de nuestros políticos, mandatarios y funcionarios del área, y como he podido comprobar yo, en particular, durante los más de 15 años en los que trabajé como intérprete de discursos en las más variadas esferas de la actividad político-gubernamental-administrativa y, más recientemente, cuestión que pude comprobar personalmente en México al oír y analizar los discursos de la mayoría de los políticos, funcionarios y trabajadores de la actividad político-gubernamental-administrativa que fueron mis condiscípulos en un excelente curso de postgrado que recibí en México, en el año 2002, que llevó por nombre Génesis y Teoría del Estado Mexicano, impartido por el ex presidente mexicano José López-Portillo y Pacheco. Como se planteó aquí, “el pueblo”, por muy variadas causas, pero en especial debido a su deficiente preparación cultural, cívica y política, no está preparado en nuestra América para entender el discurso político-administrativo de este continente, y mucho menos, claro está, el de los otros continentes. Ahora bien, ¿acaso habrá algún “ser normal” que pueda entender estos discursos panglosistas –aclaro aquí lo que ya todos sabemos, que en nuestra América tenemos muchos Pangloss, sólo que en lo absoluto eruditos como el Pangloss de la novela Cándido, de Voltaire. ¡Ya quisieran por un día de fiesta!–? Pero si nuestros mismos políticos y funcionarios gubernamentales no entienden sus discursos. Pero si nuestros mismos políticos consideran estos discursos disfuncionales como “dolor de cabeza”:

Dolor de cabeza. Santiago Creel Miranda, coordinador de los senadores panistas y quien presidirá la mesa directiva del Senado de la República a partir del 1 de septiembre [de 2007], considera que el ritual del informe presidencial no sólo es caduco, sino un dolor de cabeza: “No es un buen día político para nadie”.

–¿Para los panistas no es simbólico el 1 de septiembre, toda vez que por primera ocasión el presidente hablará desde la tribuna en una ceremonia tersa? –se le pregunta.

–Yo no creo que esa fecha transmita un simbolismo positivo para nadie, porque es una ceremonia que se vio caduca desde que Porfirio Muñoz Ledo interpeló a Miguel de la Madrid. Desde entonces se veía como una situación obsoleta y lo hemos venido repitiendo en todos los escenarios.

“El 1 de septiembre nunca ha salido bien, y tan sólo como dato debe recordarse que la LVII Legislatura Porfirio Muñoz Ledo y Carlos Medina Plascencia dieron ‘un repaso’ al Ejecutivo, entonces encabezado por Ernesto Zedillo, y la sesión casi termina a golpes.

“Se trata de un caos generalizado, se transmite un desacuerdo profundo, quizá más del que existe en la realidad. Entonces son señales simbólicas, pero no son buenas para nadie, ni para los legisladores ni para el ejecutivo. Si yo fuera ciudadano sin cargo político no prendería la televisión ni la radio, porque es una ceremonia sin sentido.”

Es interesante ver cómo el discurso verbo-corporal político latinoamericano actual mantiene prácticamente los mismos rasgos –aunque a veces muy bien matizados, y en especial debido al temor a los medios masivos de comunicación, a la crítica, especializada o no, y a las posibles interpretaciones y represalias de grupos extranjeros, especialmente estadounidenses– del discurso político latinoamericano tradicional: discursar de manera hablada o escrita con vaciedades, necedades, boberías o sandeces; rusticidad discursiva verbo-corporal; respuestas evasivas y escurridizas; afectación imagológica verbo-corporal; protagonismo, prepotencia, excentricismo, incongruencia; hilvanamiento de frasecillas de relumbrón; banqueteos..., todo esto acompañado de una “guerra de símbolos”, es decir de la presencia de signos no verbales –ya sean los tradicionales y conocidos o los creados y recreados– reajustados a los gustos e intereses particulares de cada grupo político: imágenes religiosas empleadas para muy diversos fines, emblemas, enseñas, insignias, etc., signos patrios relacionados con banderas, escudos, colores alusivos y relacionados con la tradición del pueblo o grupo, etc., que son “rediseñados”, “mutilados”, “alterados”, inclusive en franca violación a las leyes nacionales de algunos pueblos de América. La vida política latinoamericana, en la mayoría de los casos, refleja un mundo complejo, corroído hasta el tuétano, plagado de todos los “males terrenales y celestiales” habidos y por haber; refleja un mundo que entre otras características tiene las siguientes: “diálogos de sordos”, “caciques, cacicazgos y grupos caciquiles”, “bosses”, “dinosaurios y grupos dinosaurios”, “gorilas”, “golpes de estado”, “cleptocracias y cleptócratas”, “envidias”, “personas, cosas y actos ‘innombrables’”, “incapacidades para llegar a acuerdos y alianzas que beneficien al pueblo”, “bandolerismos políticos”, “complots”, “espionajes”, “madruguetes”, “mapaches y mapacherías”, “transas políticas y electorales o electoreras”, “volátiles lealtades y deslealtades súbitas”, “crisis de lógica –incluyendo las lógicas discordantes– y de sentido –incluyendo el más elemental sentido común de las sociedades e individuos civilizados, instruidos y educados–“, “decisiones atemporales, intemporales, extemporales o extemporáneas, proteccionistas, clientelistas –clientelismo político– y nepóticas...”, connivencias, “lapsus linguae, lapsus calami, lapsus manus –¿dedazos?–“, polivalencia de las incapacidades y las ineptitudes, indecisiones e incapacidades que reafirmar el “ni a favor ni en contra sino todo lo contrario”; aparentes defensas “a lo perro” de los derechos e intereses del pueblo, pero evidentes robos y saqueos “a lo gato” de los bienes de las naciones y los erarios públicos; “video-escándalos”, “grabaciones telefónicas”, “políticaficciones”, “políticas de simulaciones”, “tengan, para que aprendan”, “caídas inesperadas, repentinas, sospechosas y desvergonzadas de sistemas de cómputos electorales”, “campañas electorales fraudulentas y dudosas”, “sociedades imaginarias o utópicas”, “expulsiones ‘a discreción’ de ‘ciertos miembros’ de los partidos, de las organizaciones, de los gabinetes gubernamentales y de las secretarías”, “asignaciones inesperadas de embajadas ‘muy lejanas’ –¡mientras más lejos, mejor!–“, “caídas para arriba” –destituciones de ciertos individuos en ciertos cargos y puestos y reasignaciones a otros en donde “el destituido”, su familia, sus allegados y sus protegidos se pueden enriquecer o se pueden aprovechar de ciertas situaciones...

Los funcionarios de las organizaciones iberoamericanas, el gobernante iberoamericano promedio, y, claro está, también los funcionarios promedio del gobierno iberoamericano, en especial los secretarios o ministros de relaciones exteriores, de educación, de economía, de hacienda, del trabajo, de cultura, de gobernación o del interior, etc., los senadores, los diputados, funcionan, en resumidas cuentas, de una u otra manera y en mayor o menor medida, como “proyectores discursivos de la multiinestabilidad”: ¡Ahí está la cruda y verdadera realidad de la América Latina y de todos sus países! ¡Ahí están los datos y los resultados concretos en torno a la vida de los latinoamericanos!

En el discurso político latinoamericano son evidentes las raíces sociales y las raíces genéticas del miedo, del odio y de la desconfianza. La vida política latinoamericana se mantiene prácticamente igual en estos siglos XX y XXI (Schmidt, 2003; Schmidt, 2005), y esto trae como resultado que nuestros problemas latinoamericanos son una constante sin las adecuadas soluciones y sin perspectivas de solución concretas. En algunos casos, el asunto es peor aún: las cosas se tornan más oscuras, deprimentes, incivilizadas, bárbaras, retrógradas... ¿¡Cuándo se supone que en América Latina vamos a pasar del monólogo presidencial al diálogo entre poderes; poderes que están para servir al pueblo, para darle solución a los terribles problemas de los pueblos latinoamericanos!? ¿¡Cuándo se supone que en América Latina los poderes van a dejar sus rústicos conflictos grupales y personales para atender a un pueblo que cada vez está más desatendido, angustiado, pobre, confundido y..., ¡cuidado!, también harto!? ¿¡Cuándo se supone que los poderes latinoamericanos van a entender que son, nada más y nada menos, que los “trabajadores contratados por el mismo pueblo para servirle”!? ¿Cómo reacciona “el pueblo” ante estas tradicionales y desafortunadas circunstancias? ¡Nada...! ¡Aquí no pasa nada, y a lo mucho, pasa muy poco! A veces sucede que ante los actos antisociales y anticonstitucionales de los funcionarios de América se les premia con un ascenso, con una elección, con un “¡Muy bien, muchachito, muy bien...!”, como diría en Los Polivoces Agallón Mafafas al muchachito Juan Gárrison. Si no fuera así, entonces cómo explicar que individuos como el peruano Alan García, con un historial tan negro y corrupto, haya llegado, otra vez, a ser presidente de Perú –y éste es uno de los cientos de ejemplos del área americana–. Hay algo que condiciona este no actuar, este no reflexionar, este no entender, esta confusión, de los pueblos latinoamericanos: la inmensa ignorancia. La inmensa ignorancia de la mayoría de los pueblos latinoamericanos es, justamente, el origen de la inmensa riqueza económica –por supuesto, adquirida por medios ilícitos, es decir robo– de la mayoría de los políticos latinoamericanos, que son, obviamente, “menos” ignorantes que el pueblo.

En los discursos políticos verbales y corporales latinoamericanos parece que ya todo está “arreglado”, aquí ya todos conocemos las reglas del juego: “Haz como que hablas y yo haré como que entiendo... Como político o funcionario sigue intentando articular palabras y yo, como pueblo, seguiré esforzándome en tratar de decodificar, de descifrar, tus sonidos y ruidos verbales inciertos. ¡Aplausos, aplausos, aplausos...! Ni tú sabes lo que dices ni yo entiendo nada, ¡pero ya la hicimos!” “Sigue intentando aparentar ser el bueno para todas ‘esas cosas’ que ofreces, que en un final sabemos que no eres ‘bueno para nada’ de ‘eso’ –aunque sabemos que eres magnífico para ‘otras cosas’, cuestión de ‘perfil laboral’–.“ Esto se cumple con más frecuencia en las sociedades en donde es evidente una falta de cultura cívico-democrática, que debido a su desespero social y económico, más que a mandatarios, políticos, legisladores y administrativos, intentan buscar “héroes salvadores”, “mesías”, “profetas de desastres”, “capataces con iniciativas” que resuelvan sus difíciles situaciones de una buena vez: “¡Viva éste!” o “¡Viva el otro!” o “¡Viva el que sea!”; en fin...: primero “¡Arriba el que suba!”, y luego “¡Abajo el que subió!”. Por eso en América siempre ha prevalecido la misma ley, “la Ley de Herodes: o te chingas o te jodes”. A veces parece, si consideramos el resultado de ciertas elecciones de funcionarios y mandatarios, que algunos pueblos y grupos se esmeran por elegir a los mafiosos más destacados y a los más vulgares corruptos. ¡Cuánta pena y cuánto error! ¡Y qué caro se pagan estas inacertadas decisiones! Nuestras sociedades tienen demasiados políticos, estadistas y administrativos que con sus lenguajes corporales y verbales, con sus “mañas”, crean falsas expectativas, que evidentemente no se pueden cumplir, ni a corto ni a largo plazo. Cualquier niño con buena instrucción puede ver esto.

Entre palabras rebuscadas, no decodificables para un pueblo en promedio iletrado –pero palabras que tampoco pertenecen al vocabulario activo y fluido de los emisores, que se nota que se la aprendieron ayer para decirlas hoy–, desajustes estilísticos –¿es discurso político, es discurso literario cuentístico, poemático, cómico, dramático...?, usos de estilos discursivos no “populares”, sino “vulgares”–, pleitos, discusiones de vecindad o cuartería –perseguirse constantemente, vigilarse o pendenciarse constantemente, espiarse constantemente, humillarse, decirse improperios y ofensas, amenazarse, “levantarse falsos”–, “peleas de comadres” –claro está que estas “peleas de comadres” (al decir de los mexicanos), tienen sus ventajas, porque en situaciones de barbarie, de atraso cultural, de tabuización, de “secretos” y “secrecías”, de censuras, de represiones y de represalias “cuando se pelean las comadres aparecen las verdades”–, recuentos de idilios amorosos, ocurrencias de última hora y exigencias de “privacidad” se produce el discurso político latinoamericano. Pero el problema es mayor aún si consideramos que en el discurso verbo-corporal del ámbito de la política y la gobernación en América Latina se observan unas rupturas comunicativas que muestran, en estos tiempos supuestamente desarrollados, la carencia de principios y valores positivos dentro de un mismo “grupo”, en su mismo seno, en el interior del “grupo” –consideremos entonces la relación entre los “grupos”, en especial a la hora de tomar decisiones trascendentales para la vida y el desarrollo de la comunidad o de las comunidades, del pueblo o de los pueblos, del país, de las organizaciones, etc.–, las violaciones a los principios elementales registrados en los reglamentos que rigen las conductas de los miembros de los aparatos partidistas, políticos y gubernamentales y el histórico y tradicional rejuego entre “traidores” y “traicionados”, en donde es muy difícil saber quién es quién –a la corta o a la larga, se pasan de un partido a otro y cambian de ideologías “según la marea” y según la dirección que tome el “cuerno de la fortuna”, y también todos terminan hablando pestes de todos en muy poco tiempo: ¡viva la unión y la fraternidad! Si “el otro” o “la otra” se pasan a otro partido o defienden ciertos proyectos e ideas de otros partidos, entonces “traicionaron”; pero si soy “yo” el que me paso a otro partido o defiendo ciertos proyectos e ideas de otros partidos, entonces “no estoy traicionando al partido”, sino que estoy “pensando diferente”: ¡eso se llama intentar “verle la cara” a la gente...! (Madrazo, 2007). Lo que sucede es que con frecuencia esta jugarreta sale muy bien, debido al “déficit de memoria” que padecemos los latinoamericanos–. Y en la política latinoamericana, de la misma manera que sucede en muchas empresas e instituciones educativas “reconocidas” (?), esos terribles, desagradables y degradantes conflictos resultantes de la incivilidad, la intolerancia –en cualquiera de sus manifestaciones y formas (Cisneros, 2005)–, la envidia y los odios personales, no solamente se producen entre grupos y personas diferentes, sino que también tienen lugar en el seno de un mismo grupo y entre individuos que, al parecer, eran semejantes: ¡viva la igualdad!. Y claro, está más que demostrado que “el poder”, si no se controla cuidadosamente y en todos los sentidos, entonces corrompe, envilece: “el poder es una criatura viva que sólo puede nutrirse con proteína de poder como ella misma, y la fiera no sólo es carnívora: si no hay alimento a su disposición, se torna caníbal e incluso llega a la autofagia y es capaz de devorarse por completo a sí misma”. Y sucede que a la hora de desacreditar, descalificar u ofender, en nuestra América, una vez que se comienza, ya no hay término: ¡hasta la persona más moral y correcta –los menos, claro está– aquí recibe lo suyo! En América hasta los individuos más respetados por la historia y por el mundo entero son descalificados y ofendidos. Claro que ya conocemos la “cultura” (?), la “educación” (?), el “prestigio” (?) y los intereses de este tipo de ofensor... En algún momento oí a un funcionario latinoamericano decir en una conferencia que si nosotros los latinoamericanos queríamos entender los problemas de América Latina –se refería más concretamente a los problemas de su país de origen–, entonces que leyéramos el relato infantil Alicia en el país de las maravillas –de Lewis Carroll, escrito en 1865, un cuento que está basado en el “temor a crecer”–. “Con todo el respeto que se merece” –frase muy usada en México cuando se va a contradecir a alguien– ese funcionario, yo creo que si para entender los problemas de nuestra América vamos a recurrir al mundo de la imaginería infantil, a la literatura infantil, entonces Alí Babá y los cuarenta ladrones –novela árabe que a veces aparece en ciertas versiones de Las mil y una noches– es el texto ideal para estos efectos, con la diferencia de que toda idea o imaginación acerca de la trascendencia y poder de la frase “¡Ábrete sésamo!” en América Latina se queda corta, y de que acá en Iberoamérica son muchos los “Alíes” y muchos los “ladrones”, que son una verdadera plaga, que brotan como los grillos y las sabandijas de debajo de las piedras y que tal parece que se carece de un buen insecticida que acabe con ellos de una buena vez, y que superan en creces, tanto en cantidad como en calidad, a los personajes de la novela original. Claro que también los problemas políticos y gubernamentales de América podrían recordarnos, entre otros cientos de textos literarios, a El Idiota –novela del escritor ruso Fiodor Dostoievski–, a El Señor Presidente –del escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias– y a El gesticulador –del escritor mexicano Rodolfo Usigli–. Ahora, que si vamos a recurrir a textos científico-politológicos, escritos por adultos civilizados, investigadores, conocedores de este asunto de “los problemas” de nuestra América, y del mundo en general, y que están destinados a adultos civilizados “que sepan leer”, entonces los textos ideales serían los cientos y miles de materiales que han sido escritos por personas comprometidas con la vida y el desarrollo de la Humanidad, de muy diferentes esferas de la actividad humana, dentro y fuera de América Latina, como es el caso de los acertados e ingeniosos libros de Alvin Toffler, de Noam Chomsky..., y ciertos materiales que describen los problemas concretos de países y regiones, como Los grandes problemas nacionales y Las grandes soluciones nacionales, de Samuel Schmidt.

Las palabras más relacionadas con la imagen política latinoamericana –y con la imagen política internacional de toda América, incluyendo aquí a Estados Unidos– son traición y mentira. Y esto es viejo, nada nuevo (Paz, 1943; Sefchovich, 2008):

DE QUÉ MODO LOS PRÍNCIPES DEBEN CUMPLIR SUS PROMESAS. Nadie deja de comprender cuán digno de alabanza es el príncipe que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez; pero la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado grandes empresas (Maquiavelo, 1995: 30).

En la palabra traición hay mucho significado. La palabra traición, empleada por las partes involucradas en una traición, es decir traidores (?) y traicionados (?), incluyendo a esa parte que nunca sabe nada, que nunca tiene pareceres, que es apática, que es indiferente, designa las dos caras de una moneda: los “pareceres”. La palabra “traición”, a través de los tiempos, ha estado en boca de todos para calificar, en todos los sentidos, a los funcionarios, directivos, dirigentes y mandatarios gubernamentales, partidistas y religiosos:

[...] la traición y la negación son el meollo del arte político [...]

No traicionar es perecer: es desconocer el tiempo, los espasmos de la sociedad, las mutaciones de la historia. La traición, expresión superior del pragmatismo, se aloja en el centro mismo de nuestros modernos mecanismos republicanos [...]

¡Viva la traición! Sofocante o sorprendente, disimulada o confesa, brutal o negociada, esta antigua amante de los políticos se muestra hoy en toda su deslumbrante desnudez [...]

La traición es una tradición de la historia ....

¡Qué bueno que, por lo menos, nosotros los latinoamericanos ya sabemos que fueron los egipcios los primeros en manejar a la perfección la traición en su sociedad y en sus relaciones internacionales! (Jeambar y Roucaute, 1997: 47-48): nos ganaron los egipcios, porque de lo contrario habríamos asegurado que fuimos nosotros los latinos... ¡Es tanta la traición en este Hemisferio! La diferencia es que los egipcios empleaban también, junto a la traición burda, protocolos elevados de la traición. Aquí en América, sólo conocemos la parte burda. Eso de “protocolos elevados” parece que no se da en esta área, y no solamente en cuestiones de traición.

¿¡Credibilidad en la política de América!? ¡Pero ni de chiste! ¿Qué acaso han pensado que se nos ha olvidado la larga historia de la corrupción en América, en Iberoamérica? ¿¡Credibilidad y confianza en los gobiernos, en los aparatos políticos y en los poderes judiciales de Iberoamérica!? ¡Pero ni de chiste! Todo esto ya está más que claro, y desde hace mucho, para nosotros los americanos, para todos los iberoamericanos. ¿Usted todavía no lo sabe? ¿Qué usted no recuerda cómo es que se seleccionan a los dirigentes y políticos de América? Si no recuerda, vea el siguiente video: Time for Some Campaignin o Tiempo de Hacer Campaña, disponible en http://www.youtube.com/watch?v=adc3MSS5Ydc .

Hace mucho tiempo ya que la mentira es componente idiosincrático de la historia político-gubernamental-administrativa en toda América, empezando por Estados Unidos –de la misma manera que, a su vez, la mentira es un rasgo bastante común, por el motivo que sea, de los latinoamericanos–. Aquí no me refiero exclusivamente a la mentira que se dice con las palabras, sino también a la mentira que se dice con los gestos, con gestos que desmienten lo que se dice con palabras (James, 2002: 72-73). Tenemos que partir de que la mentira y el mentir pueden referirse a una evidente, clara y comprobada falsedad y también a una verdad selectiva, en especial en aquellos grupos de usuarios de lenguajes en donde están presentes el polimorfismo discursivo en su máxima expresión, tanto al nivel de los lenguajes verbales como al nivel de los lenguajes no verbales (Ruano, 1986; Ruano, 1987; Ruano, 1993; Ruano 2002; Ruano, 2003b; Ruano, 2003e; Ruano, 2003f; Ruano, 2003g; Ruano, 2006b; Sefchovich, 2008), los desajustes culturales y el atraso educativo, las convivencias de culturas en contacto y de culturas en conflicto, las diferencias abismales de clases y categorías sociales, los fanatismos y tabúes de todo tipo, los conflictos entre los sexos, los fingimientos protocolares y etiquetales, la anarquía, la anomia, etc. Con frecuencia podemos detectar a través del rostro, de los gestos, de las muecas, las mentiras que se están pensando, que todavía no se han dicho, que se van a decir. Sucede a veces que los gestos que desmienten al discurso verbal son constantes, tanto en personas en particular como en grupos humanos en general, lo que quiere decir, entre otras cosas que tanto la persona como el grupo están afectados por la inseguridad, por el temor, por la dismorfobia, por la baja autoestima y por otras patologías y síndromes. Queda claro que no es normal que en un mundo civilizado, que en un mundo globalizado, una persona, grupo o pueblo constantemente esté reflejando una tal disociación entre discurso verbal y discurso corporal: palabras por un lado y gestos por otro lado; las palabras dicen una cosa y los gestos dicen otra... Entre palabras y gestos tiene que haber, en situaciones discursivas normales, una armonía discursiva, una congruencia. Entre lo que dices y lo que haces debe haber congruencia. Entre el decir y el actuar debe haber una relación armónica, por lo menos entre personas civilizadas, cultivadas, educadas, normales... Si no es así, entonces algo anda mal.

Para tratar a la “mentira” como un fenómeno comunicativo verbo-corporal –se dice mentiras con el lenguaje verbal y con el lenguaje corporal, con las palabras y con los gestos– generalizado y de alto impacto, lo primero que hice –como filólogo e imagólogo con más de treinta años en esta actividad– fue considerar las características socio-culturales y socio-lingüísticas del grupo que miente. En este caso, que estamos hablando de América, lo primero que salta a la vista de cualquiera es la variedad del continente: economías, políticas, tradiciones, folclores, gastronomías, lenguas, dialectos, razas, protocolos, etiquetas, sociologías, psicologías..., se mezclan en un arco iris de mil colores, en donde, en una buena cantidad de casos, esos colores son, “más que claros”, “muy obscuros”. ¡Eso se da por entendido! ¿Acabará algún día este teatrucho pesadillesco de comedias de mala muerte, sainetes de mal gusto y grotescos criollos en América...? Así como vamos... ¡nunca!

El hombre americano tiene, en promedio y por encima de todas sus diferencias, como denominador común a la religión judeo-cristiana –además de las archiconocidas y archipracticadas, en todas las épocas y en todas las esferas sociales, santerías amerindias y africanas–, en situación de sincretismo religioso, claro está, como sincrético también es el mismo Cristianismo, el mismo Catolicismo, si tomamos en cuenta que el Cristianismo nació en Israel, que Jesús era judío, y que Israel está en Asia, por lo que Jesús, entonces, es de origen asiático:

Las substituciones de unas religiones por otras, los procesos de mestizajes religiosos, las transculturaciones religiosas, los sincretismos..., generalmente van de la mano de “imposiciones”, de “obligaciones”, de “la fuerza del amo sobre el vasallo”, de “la fuerza del conquistador sobre el conquistado”... Todo esto, siempre va acompañado, además, de malos recuerdos, de penas, de tristezas, de temores, de incertidumbres, de confusiones, de falsedades, de traiciones, y de un odio terrible. Cuando te obligan a hacer lo que no quieres, “algo” pasa; y no precisamente ese “algo” es bueno. Por otro lado, no creo que haya ninguna persona con media educación, es decir que no sea ignorante, que imagine –si es que todavía no se ha dado cuenta de la realidad– que una religión que aspire a la universalidad, que quiera ser universal, que quiera tener el control de todos y cada uno de los seres a como dé lugar, pueda no ser violenta, pueda ser tolerante. ¡Imposible! Y ya hemos excavado en las historias de las religiones lo suficiente como para conocer –por lo menos las personas que saben leer, particularmente los políglotas, los “no analfabetos”, e inclusive los que siendo analfabetos saben “entender”– sus misterios y sus reales objetivos y aspiraciones (Saramago, 2004). ¡Esto es pan comido! Una religión con estas características es, como ha mostrado y sigue mostrando la historia, la actualidad, violenta e intolerante. Una cosa son las religiones integradoras, es decir que “aceptan a los demás”, y otra cosa son las religiones excluidoras, es decir que “no aceptan a los demás”, salvo que se conviertan... (Todorov, 1999: 106-136) [...]

Que no se nos olvide que en cuestión de religión y religiones “los secretos” aumentan mucho más en aquellos grupos que “simulando” tener “una sola religión” es evidente, inclusive ante los ojos de los más ignorantes e indiferentes, que profesan “cultos alternativos”. ¡Y justamente ésta es una característica histórica en América!, debido, ante todo, a la presencia y mezcla de grupos étnicos y socioculturales diferentes: amerindios, europeos, asiáticos, africanos..., con religiones muy diferentes, con sincretismos religiosos varios –y, claro está, también sincretismos lingüísticos, gestuales, protocolares... (Ruano, 2003e).

Nosotros los americanos, los latinoamericanos, los iberoamericanos, con tradiciones católicas, cristianas, protestantes, leemos la Biblia, en cualquiera de sus versiones e idiomas, desde temprana edad. Nosotros los americanos asistimos a los cultos religiosos y ahí, muy temprano, comenzamos a amar y también a temer a Dios, a respetar sus palabras; por eso, “se supone”, no debemos hacer las cosas que a Él no le gustan, las cosas que Él nos tiene prohibidas, para que no nos castigue, en la vida y en la muerte. La palabra sagrada, de la Biblia, la conocemos muy temprano, en la niñez, ya sea a través del discurso oral de las demás personas, principalmente en nuestras comunidades latinas a través de los rabinos, de los pastores, de los imanes, de los sacerdotes, de los guías religiosos y espirituales de muchas sectas, logias, comunidades y religiones amerindias y africanas, como la santería, etc., o a través de nuestra propia lectura: ¿qué es el Catecismo, por ejemplo? Lo primero que te enseñan en el Catecismo –bueno, eso creemos porque eso vimos hace mucho tiempo, ¡pero con las mañas que de repente aparecen, que ya no son secretos, en contra de los niños en ciertas instituciones...!– son los Diez Mandamientos:

  1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
  2. No tomarás el Nombre de Dios en vano.
  3. Santificarás las fiestas.
  4. Honrarás a tu padre y a tu madre.
  5. No matarás.
  6. No cometerás actos impuros.
  7. No robarás.
  8. No dirás falso testimonio ni mentirás.
  9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
  10. No codiciarás los bienes ajenos (Éxodo, 20).

Justamente por esto nos llama la atención la violación que se hace de la Palabra Sagrada, a la que supuestamente y en apariencias, tantos se subordinan. Esta subordinación y acatamiento de la Palabra Sagrada, al parecer, sólo se produce en la infancia, porque ya en el estado adulto: ¡miremos a nuestros alrededor, a todos lados! El alcance perturbador, disociante y tóxico de la mentira en nuestras sociedades en la actualidad, principalmente de las mentiras de nuestros líderes (?), incluyendo a una buena cantidad de líderes religiosos, llama profundamente la atención, porque en la Biblia este tema se trata de manera radical, tajantemente, con implicaciones fuertes, hasta de muerte. ¿Es que acaso no respetamos las palabras recogidas en nuestros textos sagrados? ¿Es que acaso no se supone que somos religiosos? ¿Cuál es el verdadero objetivo de nuestra asistencia, con todo y familia, con todo e hijos, a las iglesias, a los templos? ¿Cuál es la imagen, el ejemplo, que se supone que queremos con nuestra “devota” asistencia a los centros de cultos religiosos judeo-cristianos?

La “mentira”, y sus implicaciones, se recoge en la Biblia con mucha frecuencia:

7 Huye de la mentira. No harás morir al inocente y al justo; porque yo aborrezco al impío (Éxodo, 23).

11 No hurtaréis. No mentiréis, y ninguno engañará a su prójimo (Levítico, 19).

3 que mientras haya aliento en mí, y me conserve Dios la respiración, 4 no han de pronunciar mis labios cosa injusta, ni saldrá de mi boca dolo ni mentira (Job, 27).

7 Tú aborrecerás a todos los que obran la iniquidad: tú perderás a todos aquellos que hablan mentira. Al hombre sanguinario y fraudulento, el Señor lo abominará (Salmos, 5).

16 Seis son las cosas que abomina el Señor, y otra además le es detestable. 17 Los ojos altaneros, la lengua mentirosa, las manos que derraman la sangre inocente, 18 el corazón que maquina perversos designios, los pies ligeros para correr al mal, 19 el testigo falso que forja embustes, y el que siembra discordias entre hermanos (Proverbios, 6).

4 La mano desidiosa produce la mendicidad; pero la mano activa acumula riquezas. Quien se apoya en mentiras, ese tal se alimenta de viento, y corre neciamente tras las aves que vuelan (Proverbios, 10).

22 Abomina el Señor los labios mentirosos; los que obran fielmente, esos le son gratos (Proverbios, 22).

5 Detesta el justo la mentira o calumnia; mas el impío, que infama, será infamado (Proverbios, 13).

5 No quedará impune el testigo falso, y no escapará del castigo quien habla la mentira (Proverbios, 19).

9 El testigo falso no quedará sin castigo, y perecerá el que habla la mentira (Proverbios, 19).

17 A primera vista grato es al hombre el pan de mentira; mas hincando el diente, se llena la boca de arena, o de chinitas (Proverbios, 20).
6 Quien allega tesoros a fuerza de mentir con su lengua, es un tonto e insensato, y caerá en los lazos de la muerte (Proverbios, 21).

7 Dos cosas te he pedido, oh Señor; no me las niegues en lo que me resta de vida. 8 Aleja de mí la vanidad y las palabras mentirosas. No me des ni pobreza ni riquezas; dame solamente lo necesario para vivir; 9 no sea que viéndome sobrado, me vea tentado a renegar de ti, y diga lleno de arrogancia; ¿Quién es el Señor? o bien que, acosado de la necesidad, me ponga a robar, y a perjurar el Nombre de mi Dios (Proverbios, 30).

11 Guardaos pues la murmuración, la cual de nada aprovecha, o daña mucho, y refrenad la lengua de toda detracción; porque ni una palabra dicha a escondidas se irá por el aire; y la boca mentirosa da muerte al alma (Sabiduría, 1).

13 No inventes mentiras contra tu hermano; ni lo hagas tampoco contra tu amigo. 14 Guárdate de proferir mentira alguna; porque el acostumbrarse a eso es muy malo (Eclesiástico, 7).

26 Es una tacha infame la mentira en el hombre; ella está de continuo en la boca de los mal criados. 27 Menos malo es el ladrón, que el hombre que miente a todas horas; bien que ambos a dos tendrán por herencia la perdición. 28 Deshonradas y viles son las costumbres de los mentirosos; siempre llevan consigo su propia confusión (Eclesiástico, 20).

44 Vosotros sois hijos del diablo, y así queréis satisfacer los deseos de vuestro padre: él fue homicida desde el principio, y creado justo no permaneció en la verdad; y así no hay verdad en él; cuando dice mentira, habla como quien es, por ser de suyo mentiroso, y padre de la mentira (San Juan, 8).

En esta siguiente parte aparece el castigo que les espera a “las parejas que mienten de mutuo acuerdo”. En América, como muestran las informaciones diarias en todo tipo de medio masivo de comunicación, es común que “ciertas parejas” con poder, que algunas parejas presidenciales, mientan en total acuerdo, ¡pero en grande! También se debe considerar aquí a los efectos del castigo al “pareja”, es decir a los policías y vigilantes del tráfico vial extorsionadores que piden “la mordida”. Hablando de “parejas”, tal y como están las cosas y a partir de los tremendos escándalos de homsexualidad y pederastia en la Iglesia católica, también hablaríamos de las “parejitas” sexuales, reconocidas y secretas, entre los sacerdotes. Bueno, en este caso, parece que a estos pecadores les espera una muerte repentina, por mentirosos, más no por parejas:

1 Un hombre llamado Ananías, con su mujer Safira, vendió también un campo. 2 Y, de acuerdo con ella, retuvo parte del precio; y trayendo el resto, lo puso a los pies de los Apóstoles. 3 Mas Pedro le dijo: Ananías, ¿cómo ha tentado Satanás tu corazón, para que mintieses al Espíritu Santo, reteniendo parte del precio de ese campo? 4 ¿Quién te quitaba el conservarlo? Y aunque lo hubieses vendido, ¿no estaba su precio a tu disposición? ¿Pues a qué fin has urdido en tu corazón esta trampa? No mentiste a hombres, sino a Dios. 5 Al oír Ananías estas palabras, cayó en tierra y expiró. Con lo cual todos los que tal suceso supieron, quedaron en gran manera atemorizados. 6 En la hora misma vinieron unos mozos, y lo sacaron y llevaron a enterrar.

7 No bien pasaron tres horas, cuando su mujer entró, ignorante de lo acaecido. 8 Le dijo Pedro: Dime, mujer, ¿es así que vendisteis el campo por tanto? Sí, respondió ella, por eso precio lo vendimos. Entonces Pedro le dijo: ¿Por qué os habéis concertado para tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los que enterraron a tu marido; y ellos mismos te llevarán a enterrar. 10 Al momento cayó a sus pies, y expiró. Entrando luego los mozos, la encontraron muerta, y sacándola, la enterraron al lado de su marido. 11 Lo que causó gran temor en toda la Iglesia, y en todos los que tal suceso oyeron (Hechos e los Apóstoles, 5).

9 No mintáis los unos a los otros, en suma, desnudaos del hombre viejo con sus acciones, 10 y vestíos del nuevo, de aquél que por el conocimiento de la fe se renueva según la imagen del Señor que lo creó (Colonenses, 3).

14 Mas si tenéis un celo amargo, y el espíritu de discordia en vuestros corazones; no hay para qué gloriaros, y levantar mentiras contra la verdad (Santiago, 3).

21 No os he escrito como a ignorantes de la verdad, sino como a los que la conocen y la saben: porque ninguna mentira procede de la verdad que es Jesucristo (San Juan, 2).

En esta parte no es fácil saber cuánto castigo les espera a “ciertos personajes” de nuestra América, que son “toda una joyita”, unos “verdaderos estuchitos de monerías”, que, como el taco mexicano, ya vienen “con todo y todo”:

8 Mas en orden a los cobardes, e incrédulos, y execrables o desalmados, y homicidas, y deshonestos, y hechiceros, e idólatras, y a todos los embusteros, su suerte será en el lago que arde con fuego, y azufre: que es la muerte segunda y eterna (Apocalipsis, 21).

Aprovechando lo de “el lago que arde con fuego”, otra vez recordamos la canción de Celia Cruz: “¡Qué le den candela, qué le den castigo, qué lo metan en una olla y que se cocine en su vino...! ¡Qué le den candela, qué le den castigo, qué lo cuelguen de una cometa y que luego corten el hilo...! ¡Azúcar, azúcar...!”

La mayoría de estas “joyitas” que pasan su vida en todo tipo de desatinos contra el prójimo, contra los demás, contra el pueblo, contra adultos y niños –principalmente los religiosos pederastas–, al llegar a la vejez o en los momentos finales de la vida, se desesperan, temen, se aterrorizan, porque la vejez y los momentos finales de la vida marcan los tiempos y los espacios adecuados para los arrepentimientos, las lamentaciones y las retractaciones, ya sea porque llegan las leyes de los hombres con su poder implacable, en cualquiera de sus formas: desde la pena capital hasta la humillación, el ninguneo y el abandono, o porque llegan las leyes de los dioses, las leyes religiosas, para los que son creyentes, que, según lo escrito en los textos sagrados de muchas religiones, son todavía peores que las leyes de los hombres. Éste ha sido el caso de muchos en la historia y es el caso de muchos también en la actualidad: Adolf Hitler, Augusto Pinochet, Benito Mussolini, Fidel Castro, Georg Karl Grossman, George W. Bush, Mobutu Sese Seko, Gilles de Rais, Henry Lee Lucas, Iósiv Stalin, Jack el Destripador, Jeffrey Dahmer "El carnicero de Milwaukee”, Luís Echeverría Álvarez, Marcial Maciel, Mohammad Reza Pahlevi, Nicolae y Elena Ceausescu, Saddam Hussein, Slobodan Milošević, Robert Mugabe, Swaney Beane..., y muchísimos más, hombres y mujeres, en una lista interminable y, claro está, muy desagradable, asqueante, maloliente. Sí, por supuesto, al llegar los últimos momentos, los momentos de las últimas reflexiones, estos “fuertes” se aterrorizan, y se convierten en nada, en inmundos residuos de escoria humana:

La vejez es, en efecto, un estado de reposo y de libertad en lo que atañe a los sentidos. Cuando la violencia de las pasiones ha cedido y se ha amortiguado su fuego, el hombre se ve, como Sócrates decía, libertado de un tropel de tiranos furiosos. En cuanto a las añoranzas de los viejos de que hablo, así como por lo que se refiere a sus quejas de los malos tratamientos recibidos de sus allegados, no deben atribuir la causa de ellos a la vejez, Sócrates, sino a su propio carácter. La vejez es soportable cuando se tienen costumbres moderadas y cómodas; mas cuando se está dotado de un carácter contrario a esas costumbres, así la vejez como la misma juventud son infelicísimas [...]

[...] cuando el hombre se acerca al término de su vida, siente temores e inquietudes por cosas respecto de las cuales no sentía antes el menor cuidado: lo que se cuenta de los infiernos y de los suplicios que en ellos se preparan para los malvados, acude entonces al espíritu. Empieza uno a temer que esas historias, tratadas hasta entonces de fábulas, no sean otras tantas verdades, débase esa aprensión a debilidad del alma, o ya sea que el alma distinga entonces esas cosas más claramente, a causa de su mayor proximidad. Siéntese, pues, el hombre lleno de inquietudes y de terror. Repasa todos los actos de su vida para ver si ha hecho o no daño a alguien. Aquel que, al examinar su conducta, la encuentra sembrada de injusticia, tiembla, se entrega a la desesperación, y a menudo, por las noches, el miedo le despierta, sobresaltándole, como a los niños. Mas aquel que nada tiene que reprocharse, encuentra de continuo a su lado una dulce esperanza que sirve de nodriza a su vejez, como dice Píndaro al presentar con graciosa imagen al hombre que ha vivido justa y sanamente ....

Claro que hay algunos de estos “líderes enfermos” que sobresalen por su putrefacta conducta, sobre todo en pleno siglo XXI, como es el caso del estadounidense George Bush:

Y con respecto a George Bush, independientemente de lo que ya todos sabemos y desde hace mucho tiempo (Frank, 2004; Post y Robins, 1993) –es decir que justamente este “testigo de calidad George Bush” ¡ha metido al mundo entero en la peor crisis internacional que se haya conocido después de la Segunda Guerra Mundial...!–, independientemente de lo que diga Wikipedia, como por ejemplo: “Además, de cuando en cuando, las capacidades intelectuales de George W. Bush han sido cuestionadas por los medios de comunicación y por otros líderes políticos. Sus detractores acostumbran a citar los numerosos errores lingüísticos cometidos por Bush durante sus discursos públicos. Además, la tendencia de Bush a no pronunciar claramente ha sido frecuentemente ridiculizada tanto por los medios como por la cultura popular”, en http://es.wikipedia.org/wiki/George_Walker_Bush , o lo que diga cualquier otra enciclopedia, creemos que lo que habría que tomar en cuenta aquí es que, dentro de los mismos Estados Unidos, dos personas tan allegadas a Bush, como son Alan Greenspan y Scott McClellan acaban de escribir dos libros, con tremendo impacto internacional, con records mundiales de venta, mencionados en la bibliografía de este texto, en donde a Bush de “mentiroso” no lo bajan. Y en México, el escritor vivo más importante de este país y más reconocido internacionalmente en la actualidad, que es el abogado Carlos Fuentes, egresado de la universidad más prestigiada de toda Iberoamérica, la UNAM, dijo en entrevista con la afamada periodista mexicana Carmen Aristegui, en CNN en Español, el viernes 30 de noviembre de 2007, y también el sábado 1 de diciembre de 2007, que “George Bush era el peor presidente de la historia de los Estados Unidos [...]”. También recordemos que en Estados Unidos y en el mundo entero se plantea, y se ha demostrado, que George Bush es un presidente espurio, ilegítimo, fraudulento, que llegó a su segundo período presidencial debido a los fraudes electorales que se hicieron en Estados Unidos a su favor en el año 2004, y antes también, en el año 2000, cuando compitió por la presidencia de los Estados Unidos con el Premio Nobel de la Paz Al Gore ( http://es.wikipedia.org/wiki/Al_Gore , Ruano, 2005b; Palast, 2002; Palast, 2003; Palast, 2005; http://en.wikipedia.org/wiki/Clinton_Eugene_Curtis ; http://www.youtube.com/watch?v=4IfSVQK7Jvo ). Justamente por eso, entre otras cosas, ¿no está medio raro o raro y medio que el Sr. Vicente Fox haya seleccionado como sus “testigos de calidad” a estas dos “buenas piezas”? ¿Y quiénes son entonces los asesores de imagen del Sr. Fox y qué preparación cultural tienen, cuáles son sus capacidades y estrategias, dónde los consiguió, pero qué le están haciendo...? ¡Con unos asesores de imagen así, para qué pagar impuestos...! ¡Ta’ cañón...! ¿No sería bueno buscar a otros “testigos de calidad” que fueran menos comprometedores, que fueran menos desprestigiados, que fueran menos disfuncionales sociales, que fueran menos criticados internacionalmente, que fueran menos disfuncionales mentales, que tuvieran menos trastornos del lenguaje, que fueran menos disonantes cognitivos, menos ecolálicos, menos palilálicos, menos coprolálicos, menos traumaditos, menos alexitímicos, menos ciclotímicos, menos disléxicos, menos cacotópicos o distópicos, menos apocalípticos, menos bloqueados, en fin menos mentirosos y un poco más confiables...? Señor Fox, ¿no recuerda usted la película El gran dictador, de Charles Chaplin?: http://www.youtube.com/watch?v=67gsKbp-Wz0&feature=related ; pues mire entonces esta parodia para que se sorprenda: http://www.youtube.com/watch?v=1wlKvbpR3g4&feature=related . ¿Y así éste es su “testigo de calidad”? No estaría mal que los genomistas, los especialistas en genómica, analizaran médicamente a este “testigo de calidad”, porque es casi seguro que, aparte de la inmensa cantidad de defectos que tiene, también esté afectado por el gen del dictador AVRP1 ....

¿Cómo es posible que una gavilla, que un grupo de gente inmunda, mentirosa, fraudulenta, corrupta y vulgar, trafique con la religión, con las imágenes y las palabras sagradas, que por siglos han formado parte de nuestros tesoros más protegidos: la familia, el corazón, los valores, el respeto, la moral? ¿Cómo es posible que permitamos, nosotros, los latinos religiosos y respetuosos de las tradiciones religiosas que nos han enseñado nuestros ancestros en el más honroso ambiente, que los “Nadies” y los “Ningunos”, deshonren nuestro patrimonio socioconfesional? ¿Acaso ya no es suficiente con lo que hemos visto y oído y con lo que seguimos viendo y oyendo? ¿Es que acaso no somos lo suficientemente morales, fuertes y respetuosos como para ponerle un hasta aquí a este contrabando y a este teatro secundón que se está dando con nuestras tradiciones religiosas y con las palabras de la Biblia? Nosotros, los descendientes de la tradición judeo-cristiana, respetuosos de nuestro patrimonio cultural, no podemos permitir, por ningún motivo, que nuestros valores religiosos sean atropellados por un grupo de pillastres caracterizados por los valores más representativos de la podredumbre social, que desde todo tipo de enclave, diariamente atropellan, pisotean y deshonran la palabra sagrada, la tradición sagrada, los valores sagrados. Nosotros, sencillamente, no podemos permitir que cualquier tipo de seudos sacerdotes, pastores, guías espirituales, politicastros, pseudomandatarios gubernamentales, pseudoprimeras damas (?) y alquimistas de la política y de los gobiernos utilicen a la religión, a las religiones, a sus ritos y a la palabra bíblica para sus componendas, perversiones y beneficios personales y familiares deshonrosos y deshonrantes. ¿Pero es que acaso no tenemos ojos? ¿Hasta donde se supone que llega nuestra confusión y nuestro analfabetismo social y religioso?
Los que “no” pasamos de noche los estudios bíblicos, el Catecismo, recordamos a Jonás, el más antiguo de los profetas, el personaje bíblico que siempre ha sido altamente venerado por judíos y cristianos, y respetado como hombre, como personaje, como líder, inclusive por los ateos, gentiles, idólatras y paganos. De la infancia, del Catecismo, recordamos los cantos bíblicos, y ahí está Jonás: “Jonás no le hizo caso a la palabra de Dios, por eso en la mar profunda la gente lo tiró, y vino un pez muy grande, ¡prum!, y se lo tragó, porque no le hizo la caso a la palabra de Dios”. Eso lo aprendí hace 45 años, y todavía lo recuerdo. El Catecismo, como se puede apreciar, no me lo enseñó ni el “Maestro Quiñones” ni el “Maestro Ciruela”, ni cualquier otro u otra parecidos, ¡afortunadamente!:

1 El Señor habló a Jonás, hijo de Amatí, y dijo: 2 Anda y ve luego a Nínive, ciudad grande, y predica en ella; porque el clamor de sus maldades hasta mi presencia. 3 Jonás, empero, tomó el camino de Tarsis, huyendo del servicio del Señor; y así que llegó a Joppe halló una nave que se hacía a la vela para Tarsis; pagó su flete, y entró en ella con los demás para aportar a Tarsis, huyendo del servicio del Señor.

4 Mas el Señor envió un viento recio sobre el mar, con lo que se movió en él una gran borrasca; de suerte que se hallaba la nave a riesgo de estrellarse. 5 Y temieron los marineros, y “cada uno clamó a su dios”, y arrojaron al mar el cargamento de la nave, a fin de aligerarla. Jonás empero dormía profundamente en lo más hondo de la nave, a donde se había bajado, 6 y se llegó a él el piloto, y le dijo: ¿Cómo te estás así durmiendo? Levántate, e “invoca a tu Dios”, por si quiere acordarse de nosotros, y nos libra de la muerte. 7 En seguida se dijeron unos a otros: Venid, y echemos suertes para averiguar de dónde nos vine este infortunio. Y echaron suertes, y cayó la suerte sobre Jonás. 8 Le dijeron pues: Decláranos los motivos de este desastre que nos sucede. ¿Qué oficio es el tuyo? ¿De dónde eres y a dónde vas? ¿De qué nación eres tú? 9 Les respondió Jonás: Yo soy hebreo, y temo o adoro al Señor Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra. 10 Y quedaron sumamente atemorizadas aquellas gentes, y le dijeron: ¿Cómo es que has hecho tú eso? (Es de saber que de la relación que les hizo Jonás comprendieron que huía desobedeciendo a Dios). 11 Entonces le dijeron: ¿Qué haremos de ti, a fin de que la mar se nos aplaque? Pues la mar iba embraveciéndose cada vez más. 12 Y les respondió Jonás: Cogedme y arrojadme al mar, y la mar se os aquietará; puesto que yo sé bien que por mi causa os ha sobrevivido esta gran borrasca.

13 Entre tanto remaban los marineros para ver si podrían ganar tierra y salvarse; mas no podían, porque iban levantándose más sobre ellos las olas del mar. 14 Y clamaron al Señor, diciendo: Te rogamos, oh Señor, que no nos hagas morir por haber dado la muerte a este hombre, y no hagas recaer sobre nosotros la sangre nocente; pues tú, oh Señor, has hecho caer la suerte así como has querido. En seguida cogieron a Jonás, y lo echaron al mar, y al punto cesó el furor de las aguas. 16 Con lo cual concibieron aquellas gentes un grande temor y respeto al Señor, y le ofrecieron víctimas, y le hicieron votos (Jonás, 1).

1 Y había el Señor preparado un gran pez, pata que se tragara a Jonás; el cual estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez. 2 E hizo Jonás oración al Señor Dios suyo desde el vientre del pez; 3 y después dijo:

He invocado al Señor en medio de mi tribulación, y me ha escuchado benigno; he clamado desde el seno del sepulcro, y tú, oh Señor, has atendido a mi voz. 4 Y me arrojaste a lo más profundo del mar, y me circundaron las aguas; sobre mí han pasado todos tus remolinos y todas tus olas. 5 Y dije: He sido arrojado lejos de la misericordiosa vista de tus ojos; pero no; aún veré nuevamente tu santo templo. 6 Me cercaron las aguas hasta el punto de quitarme la vida; me he visto encerrado en el abismo; el inmenso piélago ha cubierto mi cabeza. 7 He descendido hasta las raíces de los montes; los cerrojos o barreras de la tierra me encerraron allí dentro para siempre; mas tú, oh Señor Dios mío, sacarás mi vida o alma del lugar de la corrupción. 8 En medio de las angustias que padecía mi alma, he recurrido a ti, oh Señor; dirigiéndote mi oración al templo santo de tu gloria. 9 Aquellos que tan inútilmente a la vanidad de los ídolos, abandonan su misericordia. 10 Mas yo te ofreceré en sacrificio cánticos de alabanza; cumpliré al Señor todos los votos que le he hecho por mi salud. 11 El Señor en fin dio la orden al pez, y este vomitó a Jonás en la ribera (Jonás, 2).

Jonás
por el italiano Miguel Ángel, Capilla Sixtina

La ballena vomitando a Jonás
por el francés Gustave Doré

Recordemos que fue Jonás quien dio lugar a la creación del Libro de Jonás, que es el quinto libro de los profetas menores y uno de los 12 libros proféticos. ¿Es que queremos vivir lo que Jonás? ¿Es que vamos a esperar “hasta el final” para recapacitar, y entonces arrepentirnos? ¡Por favor!

Como hemos visto, los mentirosos habituales de todo el aparato político-gubernamental-administrativo de América parece que pasaron de noche el Catecismo y los estudios bíblicos, ¿y la verdadera tradición católica? Claro que también podríamos preguntarnos aquí: 1. ¿Quiénes les enseñaron a los mentirosos y pillastres empedernidos de América la palabra sagrada, la palabra del Señor? Esperemos que no haya sido ninguno de los curas mentiroso, corruptos y pederastas de los que tanto se habla todos los días en América y en el mundo entero; 2. ¿Fue “El maestro Quiñones”, el que no sabía leer y daba lecciones?; 3. ¿Fue “El maestro Ciruela”, el que no sabía leer y puso escuela”? En fin, ya que el daño está hecho, esperemos que el “maístro” no haya sido alguien del primer caso, ¡por aquello de los “daños mayores” y la afectación al pudor!

¿Entonces, qué es y cómo funciona la mentira o verdad a medias?

La mentira es cualquier información comunicada que no es cierta, existen diferentes grados y tipos de mentiras [...] Forman parte del repertorio emocional y en todos quienes la emplean el principio es el mismo: distorsionar la realidad y dotarla de validez aparente. Sin embargo, hay que tomar en cuenta la intención, el grado de conciencia de lo que se está diciendo o haciendo y los efectos de la acción sobre terceros [imaginemos entonces la envergadura de una mentira dicha a todo un pueblo] [...]

[...] Desenmascarar algunas mentiras, aunque sean inofensivas, puede traducirse en humillación para alguien.

La comunicación no verbal desempeña un papel muy importante cuando enviamos y recibimos mensajes falsos [...] Las personas no siempre son sensibles para detectar el engaño [...] Tenemos estereotipos de los mentirosos; suponemos que utilizan movimientos oculares y hablan rápido, y suponemos que las personas sinceras, como nos miran directamente a los ojos, transmiten el mensaje con énfasis e incluyen detalles adecuados. Sin embargo, los buenos mentirosos [y tenemos 4 grandes tipos de mentiroso] usan estos estereotipos en contra de nosotros para crear una falsa impresión [...]

[...] Entre las respuestas que percibimos como deshonestas se incluyen: sonreír, temblor de la voz, nerviosismo, pausas largas, respuestas rápidas, demasiado cortas o largas o demasiado elaboradas ....

No haga de la “mentira” una característica de su personalidad. “Más rápido se atrapa a un mentiroso que a un cojo”. Recuerde que los mentirosos se clasifican en 4 grandes tipos:

• Mentiroso ocasional. Miente de vez en cuando para evitar situaciones desagradables o porque no quiere reconocer que se ha equivocado.

• Mentiroso habitual. Miente con mucha frecuencia. Debido a que tiene práctica en el mentir, casi no se le pueden notar sus mentiras ni a través de sus palabras, ni de su voz ni de sus gestos.

• Mentiroso empedernido. Miente con tanta frecuencia que ya no es consciente de sus mentiras. Dice lo que primero se le ocurre. Como no prepara sus mentiras, éstas suelen ser obvias. Se identifican fácilmente sus contradicciones. En Latinoamérica es muy común este tipo de mentiroso.

• Mentiroso profesional. Es el más difícil de identificar. No miente de manera indiscriminada, como el mentiroso empedernido. Este tipo de mentiroso prepara muy bien las mentiras y sabe perfectamente qué va a decir en cada caso concreto. Las mentiras bien calculadas y preparadas no se revelan a través del lenguaje verbal ni del lenguaje corporal. El único modo de detectar estas mentiras es contrastar las afirmaciones del mentiroso con otras fuentes totalmente independientes (Ruano, 2005a).

En México vivimos en un universo donde nada garantiza la primacía de la verdad en relación con la mentira; mentimos sin cesar; mentimos porque no hay razón alguna para decir la verdad. Esta “magia” que gusta tanto a los forasteros ricos, esta pérdida de la noción de los límites entre lo verdadero y lo falso, la encontramos no sólo en los cuadros, en los alebrijes, sino en la vida real, en la prensa, en la justicia. Si los surrealistas, si los forasteros ricos no estuvieran protegidos por su dinero y su calidad de extranjeros, si fueran víctimas de nuestras mentiras legales, mediáticas, sociales, no las llamarían “magia”, ni les gustaría tanto [...]

[...] la mentira es una técnica mágica, un falso control sobre la realidad. El hombre domina su destino transformando su medio y transformándose a la vez; en lugar de este dominio, el mentiroso se complace en una realidad ficticia; su mentira se vuelve el equivalente de las alucinaciones de aquel que delira. La mentira es una ilusión de poder, a falta de poder real.

[...] Llamar a un gato “gato”, es perfecto en zoología. En política, puede tener consecuencias desastrosas. ¿Acaso estoy diciendo que la excepción política permite la mentira? No; estoy hablando de la imposibilidad de erigir la prohibición de la mentira como principio incondicional [...]

El deber de decir la verdad aparece como la piedra angular de todo el edificio social. Sin él, no hay intercambio posible: ningún contrato, ninguna compra-venta, ningún matrimonio o herencia, ninguna vida en común. Pero, ¿qué es mentir? [...] mentir consiste en decir lo contrario de lo que se piensa, no lo contrario de lo que es [...]

[...] La mentira vuelve imposible la condición social por excelencia que es el contrato, instala lo arbitrario en las relaciones sociales [...] la mentira destruye la legalidad y excluye el derecho ....

Los mexicanos mienten por fantasía, por desesperación o para superar su vida sórdida [...]

Nuestras formas jurídicas y morales [...] mutilan con frecuencia nuestro ser, nos impiden expresarnos y niegan satisfacción a nuestros apetitos vitales [...]

[...] ¿hasta qué punto el mentiroso de veras miente, de veras se propone engañar?; ¿no es él la primera víctima de sus engaños y no es a sí mismo a quien engaña? El mentiroso se miente a sí mismo: tiene miedo de sí.

[...] La simulación [...] es una de nuestras formas de conducta habitual. Mentimos por placer y fantasía, sí, como todos los pueblos imaginativos, pero también para ocultarnos y ponernos al abrigo de intrusos. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos. De ahí su fertilidad y lo que distingue a nuestras mentiras de las “¿groseras invenciones de otros pueblos?” La mentira es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser. Por eso es estéril su denuncia.

El simulador pretende ser lo que no es. Su actividad reclama una constante improvisación, un ir hacia adelante siempre, entre arenas movedizas. A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega un momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden. De tejido de invenciones para deslumbrar al prójimo, la simulación se trueca en una forma superior, por artística, de la realidad. Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que deseamos ser. Simulando, nos acercamos a nuestro modelo y a veces el gesticulador, como ha visto con honduras Usigli, se funde con sus gestos, los hace auténticos. La muerte del profesor Rubio lo convierte en lo que deseaba ser: el general Rubio, un revolucionario sincero y un hombre capaz de impulsar y purificar a la revolución estancada. En la obra de Usigli el profesor Rubio se inventa a sí mismo y se transforma en general; su mentira es tan verdadera que Navarro, el corrompido, no tiene más remedio que volver a matar en él a su antiguo jefe, el general Rubio. Mata en él la verdad de la Revolución.

Si por el camino de la mentira podemos llegar a la autenticidad, un exceso de sinceridad puede conducirnos a formas refinadas de la mentira [...]

La simulación es una actividad parecida a la de los actores y puede expresarse en tantas formas como personajes fingimos. Pero el actor, si lo es de veras, se entrega a su personaje y lo encarna plenamente, aunque después, terminada la representación, lo abandone como su piel la serpiente. El simulador jamás se entrega y se olvida de sí, pues dejaría de simular si se fundiera con su imagen. Al mismo tiempo, esa ficción se convierte en una parte inseparable –y espuria– de su ser: está condenado a representar toda su vida, porque entre su personaje y él se ha establecido una complicidad que nada puede romper, excepto la muerte o el sacrificio. La mentira se instala en su ser y se convierte en el fondo último de su personalidad.

Simular es inventar o, mejor, aparentar y así eludir nuestra condición. La disimulación exige mayor sutileza: el que disimula no representa, sino que quiere hacerse invisible, pasar desapercibido, sin renunciar a su ser. El mexicano excede en el disimulo de sus pasiones y de sí mismo. Temeroso de la mirada ajena, se contrae, se reduce, se vuelve sombra y fantasma, eco. No camina, se desliza; no propone, insinúa; no replica, rezonga; no se queja, sonríe; hasta cuando canta –si no estalla y se abre el pecho– lo hace entre dientes y a media voz, disimulando su cantar:

Y es tanta la tiranía
de esta disimulación
que aunque de raros anhelos
se me hincha el corazón,
tengo miradas de reto
y voz de resignación.

Quizá el disimulo nació durante la Colonia. Indios y mestizos tenían, como en el poema de Reyes, que cantar quedo, pues “entre dientes mal se oyen palabras de rebelión”. El mundo colonial ha desaparecido, pero no el temor, la desconfianza y el recelo. Y ahora no solamente disimulamos nuestra cólera sino nuestra ternura. Cuando pide disculpas, la gente del campo suele decir: “Disimule usted, señor”. Y disimulamos. Nos disimulamos con tal ahínco que casi no existimos.

En sus formas radicales el disimulo llega al mimetismo. El indio se funde con el paisaje, se confunde con la barda blanca en que se apoya por la tarde, con la tierra obscura en que se tiende a mediodía, con el silencio que lo rodea. Se disimula tanto su humana singularidad que acaba por abolirla y se vuelve piedra, pirú, muro, silencio: espacio [...]

[...] El mexicano tiene tanto horror a las apariencias, como amor le profesan sus demagogos y dirigentes. Por eso se disimula su propio existir hasta confundirse con los objetos que lo rodean. Y así, por miedo a las apariencias, se vuelve sólo Apariencia. Aparenta ser otra cosa e incluso prefiere la apariencia de la muerte o del no ser antes que abrir su intimidad y cambiar. La disimulación mimética, en fin, es una de tantas manifestaciones de nuestro hermetismo. Si el gesticulador acude al disfraz, los demás queremos pasar desapercibidos. En ambos casos ocultamos nuestro ser. Y a veces lo negamos. Recuerdo que una tarde, como oyera un leve ruido en el cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta: “¿Quién anda por ahí?” Y la voz de una criada recién llegada de su pueblo contestó: “No es nadie, señor, soy yo”.

No sólo nos disimulamos a nosotros mismos y nos hacemos transparentes y fantasmales: también disimulamos la existencia de nuestros semejantes [...] Los disimulamos de manera más definitiva y radical: los niguneamos. El ninguneo es una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno. La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno.

Don Nadie, padre español de Ninguno, posee don, vientre, cuenta en el banco y habla con fuerte y segura. Don Nadie llena al mundo con su vacía y vocinglera presencia. Está en todas partes y en todos los sitios tiene amigos. Es banquero, embajador, hombre de empresa. Se pasea por todos los salones, lo condecoran en Jamaica, en Estocolmo y en Londres. Don Nadie es funcionario o influyente y tiene una agresiva y engreída manera de no ser. Ninguno es silencio y tímido, resignado. Es sensible e inteligente. Sonríe siempre. Espera siempre. Y cada vez que quiere hablar, tropieza con un muro de silencio; si saluda encuentra una espalda glacial; si suplica, llora o grita, sus gestos y gritos se pierden en el vacío que don Nadie crea con su vozarrón. Ninguno no se atreve a no ser: oscila, intenta una vez y otra vez ser Alguien. Al fin, entre vanos gestos, se pierde en el limbo de donde surgió.

Sería un error pensar que los demás le impiden existir. Simplemente disimulan su existencia, obran como si no existiera. Lo nulifican, lo anulan, lo ningunean. Es inútil que Ninguno hable, publique libros, pinte cuadros, se ponga de cabeza. Ninguno es la ausencia de nuestras miradas, la pausa de nuestra conversación, la reticencia de nuestro silencio. Es el nombre que olvidamos siempre por una extraña fatalidad, el eterno ausente, el invitado que no invitamos, el hueco que no llenamos. Es una omisión. Y sin embargo, Ninguno está presente siempre. Es nuestro secreto, nuestro crimen y nuestro remordimiento. Por eso el Ninguneador también se ningunea; él es la omisión de Alguien. Y si todos somos Ninguno, no existe ninguno de nosotros. El círculo se cierra y la sombra de Ninguno se extiende sobre México, asfixia al Gesticulador y lo cubre todo. En nuestro territorio, más fuerte que las pirámides y los sacrificios, que las iglesias, los motines y los cantos populares, vuelve a imperar el silencio, anterior a la historia [...]

La desconfianza, el disimulo, la reserva cortés que cierra el paso al extraño, la ironía, todas, en fin, las oscilaciones psíquicas con que al eludir la mirada ajena nos eludimos a nosotros mismos, son rasgos de gente dominada, que teme y que finge frente al señor. Es revelador que nuestra intimidad jamás aflore de manera natural, sin el acicate de la fiesta, el alcohol o la muerte. Esclavos, ciervos y razas sometidas se presentan siempre recubiertos por una máscara, sonriente o adusta. Y únicamente a solas, en los grandes momentos, se atreven a manifestarse tal como son. Todas sus relaciones están envenenadas por el miedo y por el recelo. Miedo al señor, recelo ante sus iguales. Cada uno observa al otro, porque cada compañero puede ser también un traidor. Para salir de sí mismo el ciervo necesita saltar barreras, embriagarse, olvidar su condición. Vivir a solas, sin testigos. Solamente en la soledad se atreve a ser.

La indudable analogía que se observa entre ciertas de nuestras actitudes y las de los grupos sometidos al poder de un amo, una casta o un Estado extraño, podría resolverse en esta afirmación: el carácter de los mexicanos es u producto de las circunstancias sociales imperantes en nuestro país; la historia de México, que es la historia de esas circunstancias, contiene la respuesta a todas las preguntas. La situación del pueblo durante el período colonial sería así la raíz de nuestra actitud cerrada e inestable. Nuestra historia como nación independiente contribuiría también a perpetuar y hacer más neta esta psicología servil, puesto que no hemos logrado suprimir la miseria popular ni las exasperantes diferencias sociales, a pesar de siglo y medio de luchas y experiencias constitucionales. El empleo de la violencia como recurso dialéctico, los abusos de autoridad de los poderosos –vicio que no ha desaparecido todavía– y finalmente el escepticismo y la resignación del pueblo, hoy más visible que nunca debido a las sucesivas desilusiones postrevolucionarias, completarían esta explicación histórica [...]

La enfermedad que roe a nuestras sociedades es constitucional y congénita [...] Es una enfermedad que ha resistido a todos los diagnósticos [...] Extraño padecimiento que nos condena a desarrollarnos y a prosperar sin cesar para así multiplicar nuestras contradicciones, enconar nuestras llagas y exacerbar nuestra inclinación a la destrucción. La filosofía del progreso muestra al fin su verdadero rostro: un rostro en blanco, sin facciones. Ahora sabemos que el reino del progreso no es de este mundo [...]
Las crisis políticas son crisis morales [...] Cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje [...]

En el campo hay inquietud y descontento; en muchos lugares esa inquietud es ya exasperación y en otros el descontento se traduce con frecuencia en actos de violencia desesperada [...] medio México semidesnudo, analfabeto y mal comido contempla desde hace años los progresos del otro medio ....

El lenguaje formal y oscuro probablemente sea el arma principal de autodefensa del mexicano. Usando palabras y frases [con sus respectivos gestos, por supuesto] que, aparentemente, carecen de sentido, puede proteger sus emociones, evitar el riesgo de comprometerse e incluso prodigar alabanzas sin sentirse servil. El concepto es sencillo: el lenguaje tiene vida propia, casi como si las palabras, y no las personas, se comunicaran entre sí. Incluso las pinturas prehispánicas ilustraban la conversación por medio de globos que revoloteaban en suspenso frente a los oradores. Las promesas huecas y las mentiras francas salen fácilmente, puesto que las palabras no tienen valor intrínseco propio. La franqueza o la sinceridad excesivas se consideran groseras e incluso las discusiones importantes deben ir precedidas de charlas sobre la familia o chismes políticos. El lenguaje sirve de campo neutral donde las personas pueden relacionarse sin peligro de confrontación.

En la vida pública, la independencia de las palabras es crucial, toda vez que los altos funcionarios esperan verse adulados. Los talentos atribuidos a cada Presidente –mientras está en el poder– rayan en lo ridículo. Sin embargo, no se espera que la manada de acólitos que rodea a cada jefe justifique su servilismo después de que el funcionario deje el poder; simplemente transfiere su adulación al siguiente jefe. La retórica usada por los funcionarios para discutir las cuestiones públicas es causa de más estupefacción. Cualquier político aspirante puede lanzarse a la oratoria al instante, con la intención de llenar el aire con palabras y frases bellas, en lugar de explicativas. Como el uso de un lenguaje directo implicaría un compromiso, gran parte de los discursos oficiales son conceptuales, y defienden principios y valores que la mayoría de los gobiernos ignoran en la práctica. Las plataformas electorales se construyen en torno a frases grandilocuentes sostenidas por ilusiones. Innumerables mensajes –desde pontificaciones nacionalistas de figuras históricas hasta admoniciones morales directas– se pintan en los muros, como si tuvieran la facultad de influir en el pensamiento del mexicano común y corriente.

Cuando se debe transmitir un mensaje político real, generalmente está disfrazado con una clave secreta que incluso quienes hablan español fluidamente, pero no son de México, deben luchar por descifrar [aunque la mayoría de los mexicanos nativos de este país y residentes en él, inclusive con educación superior, tampoco pueden descifrar, y los cercanos al discursante, de su mismo grupo, interpretan y decodifican de las maneras más disímiles, rayando en ciertos casos en la ridiculez, el cantinfleo, la burla y el humor negro: “lo que el presidente quiso decir...”]. Los Presidentes pueden referirse a “emisarios del pasado” o “espejos externos”. El dirigente del partido gobernante, en cierta ocasión, atacó virulentamente a “quienes desde camarillas oscuras establecen alianzas vergonzantes que el pueblo rechaza”, referencia que sólo un puñado de políticos pudo entender. (Se refería a una reunión entre políticos conservadores de la oposición y diplomáticos de Estados Unidos.) A veces, las palabras elegidas incluso pueden contradecir el significado pretendido, haciendo que los no iniciados lleguen a la conclusión equivocada. En otras ocasiones, una fuerte negación –“No hay crisis”– sirve para confirmar el reconocimiento oficial del problema. Los periódicos del país, por regla general, contribuyen poco al esclarecimiento: usualmente evitan los peligros del análisis y los reportajes a fondo, publicando interminables entrevistas, mientras que, con frecuencia, hay que descifrar las columnas políticas más pertinentes para poderlos entender.

La cautela es la norma. Cuando se invita a funcionarios mexicanos a hablar en el extranjero, por más incisivas que sean las preguntas que se les hagan, jamás conducirán a la aceptación de fracasos del sistema. Incluso los historiadores, los politólogos y los mismos sociólogos mexicanos son renuentes a ser francos en público, y algunos evitan presentarse en un podio con políticos de la oposición interesados en poner en vergüenza al régimen. Debido a los riesgos que entraña el definirse, los tratados académicos más importantes sobre México los han escrito extranjeros. Empero, todo este ritual sirve para un propósito político importante: proporciona una cortina de humo tras la cual se puede ejercer el poder real, al tiempo que se conserva la ilusión de un debate político. Y, aunque cada Presidente puede determinar el tinte ideológico de su gobierno, la inmutable retórica le presta continuidad al sistema, aunque sólo sea porque perpetúa sus mitos.

El lenguaje de la vida pública refleja, en esencia, el lenguaje que emplean los mexicanos en sus relaciones cotidianas. Es un lenguaje formal que puede ocultar infinidad de sutilezas. Algunas frases ornadas son usadas de manera inconsciente [...] Los significados se ocultan entre líneas, en pausas, énfasis o entonación, incluso en sonidos o gestos extraños [...] En estas contorsiones lingüísticas sin fin, la fascinación del mexicano por el detalle y su obsesión por los matices son satisfechos constantemente (Riding, 2002: 22-25).

En el mundo empresarial hay muchos embusteros. La sinceridad total no sería práctica. Aún así, la mentira viene por estratos. Incluso en las empresas de política «limpia», la integridad se aplicará tal vez a los grandes principios, como la formación de los precios, la negociación de contratos y la comunicación con el personal, pero quedarán las pequeñas mentiras, como asegurar que un puesto de trabajo «no tiene ningún problema» cuando resulta que va a ser un semillero de discordias, o hay que sonreír a unos clientes que son unos bandoleros.

Algunos hombres de empresa son embusteros vocacionales, hábiles, de primera clase, falsarios decididos a darnos gato por liebre. Con frecuencia han estudiado las técnicas del embuste y han llegado a dominarlas. Se les encuentra entre los ejecutivos de ventas, los políticos y los altos directivos así como en otras muchas colocaciones.

Están luego los «pillastres honrados», los que mienten pero de manera tal que dan a entender que están mintiendo. Es el típico vendedor «vendedor a puerta fría» que le coloca a una la vajilla de loza diciendo que es porcelana inglesa. Pero no se lo tenemos en cuenta, porque sabemos que está diciendo embustes.

No existe un método infalible para atrapar al mentiroso. Con el tiempo, sin embargo, suelen traicionarse ellos mismos. Hasta a los mejores les resulta difícil actuar sin dejar «filtraciones», es decir, señales reveladoras (James, 2002: 157-158).

Es verdad que en donde quiera hay mentiras, que en todo el mundo hay mentiras, que en la historia siempre ha habido mentiras y que en todos los grupos humanos ha habido y hay mentiras; pero, como siempre, todo es cuestión de “cantidad” y de “calidad”, como han comentado ya, entre tantos pensadores, Platón, San Agustín –que distingue ocho tipos de mentira–, Tomás de Aquino –que distingue tres tipos de mentira–, Emmanuel Kant, Benjamín Constant... Las mentiras que se generan en los partidos y en los gobiernos de toda América –de la misma manera que al nivel de las más elevadas cúpulas directivas del mundo religioso del área– son, sencillamente, inconcebibles; y ahí están, a la vista de todos y en todo tipo de medio de difusión masiva, ante Dios –recordándoles a los creyentes que la mentira es pecado, y que como tal se registra en la Biblia– y ante los hombres. Pero, entonces, por qué nuestros pueblos aceptan esas mentiras. Sí, claro que existen cientos de personas “comprometidas de verdad” –y no “de mentira”–, que cada día se refieren a estas mentiras; pero, como diría La Bruyère, “¿hay muchos que puedan entenderlos?” Sí, claro que existen cientos de periodistas, comentaristas y escritores que diariamente escriben acerca de estas mentiras; pero, como diría La Bruyère, “¿dónde están los que saben leer?” ¿Es necesario decir “la verdad” cuando da igual si se dice “la mentira” o cualquier otra cosa, y no pasa nada? ¿Es necesario decir “la verdad” cuando vivimos en una tal situación de indiferencia, de apatía, de valemadrismo, en la que ya sea que se diga “la verdad” o que se diga “la mentira” a la gente no le importa, y si le importa, entonces se olvida rápida y fácilmente o no entiende, se desorienta, se confunde –por lo menos así sucede con el mayor por ciento de la gente–, como ha demostrado la historia y demuestra la actualidad, con tantas cosas que han sucedido y siguen sucediendo? Si “la mayoría” “pudiera entender” y “supiera leer”, y “decidiera”, otra cosa sería, o por lo menos es mejor y más saludable pensarlo así.

Cuando nos referimos a la “mentira” y a los políticos y gobernantes mentirosos de América, no estamos hablando del tacto o el cuidado que todo hombre de política –y en general todo ser prudente– debe tener a la hora de decir lo que cree, lo que piensa, sobre todo por los posibles alcances significativos y las probables “malinterpretaciones” que pudieran tener las palabras, concretamente en las áreas con grandes diversidades dialectales geográficas y sociales, con grandes diferencias culturales y educativas, por lo que se tiende a exponer las ideas con un estilo claro, llano, franco, sin presunción, no rebuscado ni afectado, sino que estamos hablando de la mentira como un problema en la política (Jeambar y Roucaute, 1997: 104-106) con alcances realmente perniciosos y tóxicos, estamos hablando de la parafernalia de la mentira político-gubernamental; no estamos hablando tampoco de las fantochadas (Frankfurt, 2006), de las sandeces, de los desvaríos –es decir algo que se dice o que se hace y que puede desconcertar, por varias razones, a los demás– (Dimitrius y Mazzarella, 1999: 268-272), de los dislates o disparates, de las “babosadas”, de las estupideces, de las tonterías, de las frivolidades, de los gazapos, de las irresponsabilidades, de las incongruencias (James, 2002: 130), de las “pendejadas”, tan comunes en “ciertos políticos y mandatarios del área”, sino que nos estamos refiriendo a la mentira como aberración social y trastorno de la personalidad, como patología, como síndrome, como manía, como mecanismo para la simulación social afectada y afectante, como seudologia fantástica, es decir una compulsión a imaginar una vida, unos acontecimientos y una historia –todos irreales o alterados, por supuesto– con el objetivo de causar una impresión de reconocimiento, de admiración y de liderazgo en los demás, solicitando ¡a gritos! que le coloquen un aura de divinidad, buscando hacerse pasar por la víctima; nos estamos refiriendo a los mentirosos profesionales, a esos individuos tan necesitados de llamar la atención y tan hambrientos de reconocimientos y elogios. Y a veces las mentiras y los “mundos del nunca jamás” de algunos políticos y gobernantes de América llegan a crear verdaderos “mundos imaginarios”, que se denominan según los nombres de los políticos y gobernantes que los crean. Así, por ejemplo, recordamos algunos de estos mundos imaginarios creados por la ficción y las mentiras como “Bushlandia”, “Aznarlandia”, “Menemlandia”, “Chavelandia”, “Castrolandia”, “Salinaslandia”, “Zedillolandia”, “Foxilandia”, etc. Sencillamente, entre a Internet y busque cualquiera de estos mundos imaginarios y bajo estos mismos nombres. Son cientos las páginas que encontrará. Claro que, entre estos mundos de ficción, hay algunos que “se pasan”, como se dice en México.

¿Pero por qué nuestros políticos y gobernantes, en promedio, tienen una formación cultural tan mala, se expresan verbalmente y corporalmente tan mal y dicen tantas mentiras, incongruencias y sandeces? ¿Es esto herencia del pasado prehispánico o es debido al mestizaje con la cultura europea?

Esto es debido a la cultura mestiza, no al pasado prehispánico, y mucho menos al pasado azteca o maya. El hecho de que los discursos verbo-corporales del ámbito político-gubernamental-administrativo de nuestra América Latina, es decir, por un lado las palabras y las oraciones, y, por otro lado, los gestos y los protocolos, en promedio se caractericen por los desajustes comunicativos y culturales está dado por la mala formación educativa y formativa que se observa en nuestros países, lo que puede comprobarse a través de las investigaciones y las estadísticas internacionales acerca de la educación. En este sentido, hay que recordar que nuestros países siempre se ubican entre los últimos del mundo. ¿Acaso de una tal situación de atraso y tercermundismo pueden salir, con regularidad, personas culturalmente competitivas y buenos oradores, individuos formados en los protocolos adecuados de la comunicación verbo-corporal occidental y civilizada? ¡Claro que no! Y aquí no podemos culpar nada más a los centros educativos, a las escuelas, a los gobiernos –a las secretarías y ministerios de educación y de instrucción– y a la historia y a los historiadores (Rosas, 2006) por la “alteración” de datos, por la “interpretación diferente” de los hechos y acontecimientos, por las regulares, malas y pésimas políticas educativas, sino que también hay que culpar a la familia. La familia, en especial la familia nuclear: “tradicional, recta y supuestamente moralista”, también es culpable de la mayoría de las desajustadas variantes comunicativas verbo-corporales de sus miembros (Ruano, 2006b; Riding, 2002: 287-304; Weinberg, 1993: 432-445; Paz, 1943; Sefchovich, 2008); es culpable de la presencia en los niños, en los adolescentes, en los jóvenes y posteriormente en los adultos, de ciertos lenguajes verbo-corporales de “la no verdad” –¿de la mentira y de la verdad a medias?–, de ciertos enmascaramientos negativos y tóxicos en la interacción sociolingüística, en la interacción socio-discursiva (Ruano, 2003e):

Las mentiras.

A todos los niños les gusta inventar historias, imaginar lo que no existe. Los más pequeños no son aún capaces de distinguir lo real de lo imaginario. En vez de llamarles mentirosos, es más útil ayudarles a que hagan esta distinción. Respondiendo, por ejemplo, a un niño que dice haber tenido «un elefante vivo para reyes»: «<te gustaría haberlo tenido». En los niños más mayorcitos, a veces la mentira es provocada por los padres, que no admiten la verdad o que la reciben mal. Castigan al niño que confiesa no querer a su hermano, mientras que le premian, le abrazan y le felicitan cuando dice, falsamente, que le quiere (Bourdoiseau y otros, 1982: 530-531).

A veces sucede que el niño mentiroso es nada más y nada menos que, ¡oh sorpresa!, la copia exacta de un padre o de una madre mentiroso. Pero imaginemos en lo que se transformará un niño que es hijo de un papá y de una mamá, los dos, mentirosos. ¡Pobres niños! Y pobres parejas de esos futuros adultos mentirosos, y pobre familia de ese mentiroso adulto. ¡Toda una pesadilla!, aparte de la pena pública, del bochorno público, cada vez que esa madre mentirosa o ese padre mentiroso abre la boca y gesticula. Es triste ver –y esto sucede con bastante frecuencia– los apuros, las penas, los miedos, que afloran en niños con padres mentirosos. Obviamente, tenemos que imaginar que esos padres mentirosos fueron, con mucha probabilidad, a su vez, hijos de otros padres mentirosos. ¡La mentira se hereda, como mal congénito, como enfermedad infecciosa! ¡La mentira contamina, se pega, como la gripe, como el sarampión, como la viruela...! ¿Se imaginan si estos niños mentirosos ya adultos llegan a ser políticos, presidentes de un país, dirigentes sindicales, maestros, historiadores, abogados, periodistas o conductores de programas importantes y ampliamente difundidos, primeras damas, primeros caballeros, funcionarios y directivos de grandes empresas, papas, secretarios de la ONU, de la OEA, de la Comunidad Europea, agentes de tránsito, judiciales, médicos, farmaceutas, psicólogos, psiquiatras, vendedores de seguros médicos, administradores de condominios, encuestadores, santeros, asesores de imagen pública...? En tales casos, como ha mostrado y muestra la realidad, estamos perdidos. ¿Y cuál es el remedio contra la mentira? Muy sencillo: buenas dosis de sinceridad, de respeto, de civilidad, de urbanidad.

La pobreza y la carencia o desposeción de ciertos bienes, valores y atributos que se consideran como importantes según los contextos sociales y económicos, según las épocas y las modas, estimulan la aparición de la mentira. La mentira puede aparecer, y de hecho aparece, con mucha frecuencia entre pobres y ricos, entre desposeídos y poseedores, entre descastados –que no pertenecen a una casta o grupo– y castados –que pertenecen a una casta o grupo–, entre los menos... y los más..., entre subalternos y jefes, entre infieles y fieles, entre individuos sin signos de pertenencia e individuos con signos de pertenencia, entre incivilizados y civilizados, entre deshonestos y honestos, entre inmorales y morales, entre temerosos y seguros, entre cobardes y valientes, entre individuos con menores índices de desarrollo humano e individuos con mejores índices de desarrollo humano, entre tercermundistas y primermundistas..., es decir, ¡siempre que hay una gran diferencia, una gran desventaja!

Decíamos anteriormente que todos estos desajustes culturales y comunicativos que se observan en la mayoría de nuestros directivos del aparato político-gubernamental-administrativo latinoamericano –algo que llega a su máxima expresión negativa en las relaciones internacionales, en la política exterior, en la “diplomacia” (Riding, 2002: 404-430)– no se debían a la herencia prehispánica, y en este caso concreto en México, porque en el México antiguo, por ejemplo, la educación de los mandatarios, de los líderes, de los jefes, de las personas importantes de la sociedad, se producía con mucho cuidado y esmero, con eficiencia. Veamos lo que al respecto dice en el siglo XVIII el gran Francisco Javier Clavijero:

En una nación que poseía una lengua tan bella [el náhuatl], no podían faltar oradores y poetas. En efecto, se ejercitaban mucho en estas dos nobles artes [...] Los que se destinaban para oradores eran instruidos desde niños en hablar bien, y les hacían aprender de memoria las más famosas arengas de sus mayores, que iban pasando de padres a hijos. Empleaban particularmente su elocuencia en las embajadas, en las deliberaciones de los consejos y en las arengas gratulatorias a los nuevos reyes [...] sus razonamientos [de los arengadores] eran graves, sólidos y elegantes, como se ve en los fragmentos que nos han quedado de su elocuencia.

Aún hoy cuando están reducidos a tanta humillación y destituidos de la instrucción que en otro tiempo tenían en esta materia, hacen tan buenos razonamientos en sus juntas, que asombran a cuantos los oyen. El número de sus oradores era excedido del de sus poetas (op. cit., 241).

El trato respetuoso y la finura de modales resultan generalmente de convenciones sociales, pero en el México prehispánico tenían en gran parte un fondo moral. Sahagún cuenta que ningún hombre descortés, vanidoso o vulgar era elegido dignatario. Cuando un alto funcionario hablaba en forma impropia o hacía bromas tontas, se llamaba tecucuechtli (payaso). Las clases superiores se distinguían por cierta gravedad en sus gestos y en su lenguaje. El ideal de un hombre educado era mostrarse humilde en vez de arrogante; sabio, prudente, pacífico y tranquilo. Pero además tales características debían ser profundamente sinceras. El padre advertía al hijo que debía ser franco ante “nuestro dios (Tezcatlipoca); que tu humildad no sea fingida pues te llamaría titoloxochton (hipócrita) o titlanixquipile (fingidor); pues nuestro dios ve lo que hay en tu corazón y sabe todas las cosas secretas”. Si veía algo reprobable, el azteca bien educado debía pretender no haberlo notado y callarse. Cuando se le llamaba, no había de esperar a que ocurriera por segunda vez. Debía mostrar respeto ante los mayores y compasión ante los infortunados. En el trato con las mujeres también se ordenaba mostrar cortesía y moderación. La cortesía se manifestaba incluso en el carácter del idioma. El náhuatl tiene formas, partículas y hasta conjugaciones que indican respeto. El sufijo tzin agregado a un nombre o título subraya la reverencia o señala cariño. Timomati significa “tú crees”, pero timomatía podría traducirse “tú condesciendes a pensar” o “eres bondadoso en pensar”. Miqui significa “morir”; miquilla, “morir honorablemente” (Álvarez, 1987, t. IV: 1852).

¿Cómo podemos pensar que un adulto que miente, que un líder que miente, piensa con rigor? ¿Cómo podemos imaginar que un adulto que miente, que un líder que miente, es una persona que vive con dignidad, que es digno, es decir que merece respeto? ¿Un “líder”, un “mandatario”, un “jefe”, que miente “es” o “no es”? ¿Un líder “adulto”, un mandatario “adulto”, cuando miente cree que se acerca o que se aleja de “los demás” que han sido objeto de su mentira, de sus mentiras? Veamos esto fácilmente y saquemos conclusiones:

¿Qué significa pensar con rigor?

Para vivir con dignidad, necesitamos 1) saber qué significa lo que hacemos, 2) conocer el sentido de las palabras y las frases que pronunciamos, 3) vincular los conceptos y dar razón de nuestras actitudes:

[...] 3. Un niño va a la nevera [refrigerador], come a puñados la mermelada, y cuando su madre le pregunta poco después si la ha comido, contesta impávido: «¿Qué mermelada?». Obviamente, al actuar así, miente. Me gustaría dirigirme a él y preguntarle: ¿Sabrías decirme qué sentido tiene el mentir? ¿Es algo positivo o algo negativo? Si, al mentir, evitas que tu madre te riña o incluso te castigue, tal vez estimes que la mentira tiene un valor positivo. Piénsalo bien. A lo mejor descubres que es aventaja primera del mentir va seguida de graves desventajas. Medita conmigo la siguiente. Si le mientes a tu madre, no eres sincero con ella, no le dices la verdad, no te manifiestas a ella como has sido, sino como no has sido. En realidad has comido la mermelada, pero dices que no lo has hecho. Al portarte así con tu madre, ¿te unes a ella o te alejas? Sin duda quieres tener una unión con tu madre, ser amigo de ella, en el sentido de llevarte bien, portarte debidamente, ayudaros... Pues mira: si eres mentiroso, no vas a realizar ese deseo. Dime ahora: ¿te vale la pena mentir? Si tu madre te reprocha que lo hagas, ten por seguro que no es para tener el control sobre ti, y de paso sobre la nevera, sino para que te conduzcas de forma que te realices plenamente y seas feliz [y si eres un líder o un mandatario, un presidente, el pueblo, harto de tus mentiras, te sancione, te persiga, seas la burla o el escarnio de todos en los medios masivos de comunicación: tú, tu familia y “tus allegados”, te metan a la cárcel o te corten la cabeza, como sucede en algunos países]. Existe un nexo fecundo entre la actitud de veracidad y nuestro desarrollo como personas. Ver con toda claridad este tipo de nexos es pensar con rigor (López, 1999: XXIII-XXIV).

Los discursos político-gubernamental-administrativos de América no solamente están afectados por los desajustes culturales y comunicativos, por el analfabetismo funcional, analfabetismo de segundo grado o analfabetismo superior (Ruano, 2008), por los lenguajes oscuros, ambiguos –en las dos variantes de la ambigüedad (López, 1999)–, diglósicos, jitanjafóricos, jerguísticos y distantes de nuestras verdaderas realidades americanas (Ruano, 2008). Al parecer, también están afectados por la imbecilidad y la estupidez (Río, 2000):

Etimológicamente, la palabra imbécil quiere decir sin báculo, sin realeza, sin sostén. De ahí que connotativamente se asocie con debilidad mental. Un imbécil sería entonces alguien que ha perdido su realeza humana, el sostén que lo hace hombre. En el orden político, sería quien perdió el báculo, su condición de autoridad, su inteligencia para gobernar.

Si algo caracteriza a nuestra clase política es esa calidad mental [...]

El legalismo, esa abstracción con la que la imbecilidad política pretende saberlo todo y arreglarlo todo, termina siempre por matar todo. Llega un día, y no estamos lejos de él, en que ese legalismo ya no tiene más regla para gobernar y defender sus abstracciones que la represión generalizada.

Nuestra clase política ha perdido el báculo y camina ciega defendiendo la abstracción del estado de derecho con claudicaciones políticas, amenazas, toletes, tanquetas de agua, vuelos de aviones e intimidaciones. Cree que esa fuerza le da la razón sobre poblaciones concretas y desarmadas que exigen justicia. Lo que olvida es que esa razón es la que esgrimen todos los culpables hasta el momento en que tienen que confesar. Mientras eso no sucede, su imbecilidad continuará teniendo razón y gobernando, pero lo hará sobre el dolor, la miseria, los muertos, los encarcelados y el repudio de los que dice gobernar ....

De tener una pizca de veracidad lo planteado por este investigador, entonces estamos en otro gran problema, porque la imbecilidad, junto a la drogadicción y al alcoholismo consuetudinarios, a la locura, a la sordomudez, a la idiotez y al analfabetismo –es decir no saber leer ni escribir–, son limitantes, impedimentos, para tener capacidad legal, es decir son limitantes para adquirir derechos y contraer obligaciones. Como acabamos de ver, una persona imbécil es, en términos legales, jurídicos y sociológicos, un incapacitado, o lo que es lo mismo un individuo que está en situación de incapacidad o de interdicción, de privación de derechos. No obstante, recordamos aquí la suerte que tienen algunos imbéciles, en especial en los países atrasados y tercermundistas (Pino, 2006).

El discurso político-administrativo latinoamericano también se caracteriza por el desconocimiento del derecho y de las leyes y sus aplicaciones, incluyendo los derechos más elementales y las leyes más elementales que rigen el mundo civilizado. Es asombroso el grado de desconocimiento que tienen los funcionarios y las organizaciones latinoamericanos acerca de las leyes internacionales, pero peor aún, de las nacionales, lo que se refleja en las constantes violaciones a los derechos humanos, a los derechos laborales, a los derechos ciudadanos, a los derechos de la niñez, a los derechos de los ancianos, a los derechos de la mujer, a los derechos de los discapacitados, etc. No podemos esperar que una persona, una organización, una comunidad o un estado que desconoce o que no entiende lo que se expresa en la ley escrita tenga una intervención acertada en el tratamiento de las leyes, y por supuesto en sus resultados, en las aplicaciones concretas de las leyes, en los veredictos o fallos. En cualquier reunión, sesión, diálogo, convenio, plática, conversación, de los diferentes grupos que administran el derecho y la ley –ya sea en vivo, a través de la televisión, de la radio, etc.– en cualquiera de nuestros países latinoamericanos se puede observar la incultura legislativa, la duda en torno al derecho o a “los derechos” –consideremos aquí los estados pluriétnicos–, la interpretación desajustada de la ley o de “las leyes” –consideremos aquí los estados pluriétnicos–, las lagunas de conocimiento en torno a las leyes, sus entornos y su aplicación, la generalizada ignorancia legislativa, la deficiente formación instruccional, educativa y cultural de los que aplican la ley, la manipulación de la ley en detrimento de los desposeídos, de los que menos tienen, de los pobres, de los desvalidos, de los más ignorantes... Si los problemas que conciernen al derecho y a las leyes y su aplicación dentro de nuestros países latinoamericanos pueden calificarse de graves, entonces los problemas concernientes al tratamiento del derecho y las leyes internacionales pueden calificarse de calamidad: incapacidad total para dialogar y obtener resultados positivos y ventajosos para los pueblos latinoamericanos; en cada convenio, conversación o negociación con gobiernos o grupos extranjeros siempre “perdemos” en algo, en lo que sea, pero siempre perdemos... Y no solamente “perdemos” porque de esos convenios o negociaciones siempre salimos mal parados, a la corta o a la larga –casi siempre a la corta–, sino que también perdemos porque es triste ver el papel de subordinación, de sometimiento, es decir de “achichincle”, de “sulacrán”, de “gato”, el papel desdibujado, que desempeñamos los pueblos latinoamericanos, a través de nuestros “representantes”, en tales negociaciones. ¿Qué pasó con nuestra imagen? ¿Por qué será?:

El Derecho ha cumplido desde la antigüedad una función básica en la vida humana. A través del Derecho los seres humanos han definido su forma de organizarse en sociedad. En la literatura jurídica o textos jurídicos se han plasmado acuerdos y se han establecido normas que han regulado las relaciones entre las personas y entre los pueblos.

No puede, pues, sorprendernos que el Derecho ocupe una posición privilegiada, junto a la religión, entre las materias que fueron objeto de los escritos más remotos que conservamos. A ello hay que añadir que son muchos los testimonios documentales que demuestran la influencia del Derecho, por el impulso que supuso en el cambio hacia la abstracción y la precisión, dentro del proceso de configuración de las lenguas de cultura.

Hoy en día el Derecho está presente de forma constante en nuestra vida cotidiana. Si a los aspectos de carácter público nos referimos, la Constitución determina el marco político del Estado, y las leyes que aprueban los parlamentarios y las disposiciones que dictan nuestros gobernantes nos afectan, aunque sea de una forma más o menos indirecta, más o menos evidente. En el orden privado, las relaciones humanas se formalizan a menudo a través del Derecho, la compra o el alquiler de una vivienda, el contrato laboral, el testamento, tienen su reflejo en un documento jurídico.

La sociedad se ha transformado profundamente ya desde el mismo siglo xx. Dicha transformación ha tenido su repercusión en el Derecho. Se han modificado las relaciones laborales, la informatización está ejerciendo una profunda influencia en nuestro comportamiento, los avances en las comunicaciones y en las disciplinas científicas han obligado a replantear soluciones jurídicas que han quedado desfasadas y a construir nuevas formulaciones que den respuesta a las nuevas realidades.

La Lingüística ha vivido también en el mismo período un progreso extraordinario, que la ha situado en mejores condiciones para analizar y describir el lenguaje en todas sus vertientes, no sólo desde la perspectiva del funcionamiento de la lengua como una estructura abstracta, sino desde la de sus adaptaciones a los usos concretos y también con respecto a las especificidades que generan los lenguajes propios de los distintos tipos de comunicación.

En el estudio de los textos jurídicos hay que destacar el trabajo interdisciplinario. Desde la segunda mitad del siglo xx se ha venido realizando el estudio interdisciplinario entre el Derecho y la Lingüística, lo que se ha llevado a cabo en algunos países del mundo de manera sostenida. La mayoría de estas investigaciones son realizadas por sociólogos, especialistas en comunicación, antropólogos, lingüistas y filólogos.

El estudio del Derecho se ha realizado porque éste ha sido un terreno propicio para entender los problemas que acarrea un contexto extralingüístico institucional: la justicia y el manejo del poder en esta área, que es sentido por los ciudadanos en carne propia. Y por otra razón de orden más práctico: hay textos orales pero sobre todo escritos: desde las sentencias hasta la legislación, las pruebas peritales, etcétera.

Se ha tomado a la Lingüística como ciencia de investigación del Derecho porque ésta ha desarrollado subdisciplinas como el Análisis del Discurso que pueden ser, a la vez que una teoría, un método que permite pasar de una evidencia y metodología cuantitativa a una cualitativa, y porque muestra las estrategias utilizadas por jueces, abogados, peritos de un modo empírico y teórico que no permiten de igual modo otras ciencias como la Sociología, la Antropología, la Teoría de la Comunicación.

Parte de lo que se persigue en los trabajos interdisciplinarios es que las dos ciencias que confluyen resulten enriquecidas en su propio objeto de estudio. Además, la creencia de que un objeto será mejor entendido si se lo aborda desde varias disciplinas complementarias se comprueba porque: para el Derecho, en este caso, la Lingüística muestra y demuestra lo que sucede en los textos legales para que los estudiosos del Derecho conozcan un aspecto fundamental de su objeto de estudio: lo que ellos mismos construyen con palabras.

Todo texto refleja, por lo menos, algunos rasgos de poder, según sea la relación de poder en la que esté inserto. En este sentido llamamos poder a aquél que se define por el control –esencialmente de la información– de las acciones, o acceso a recursos de control de acción por un grupo dominante sobre otro dominado. Un control de acción implica la pérdida de alguna libertad en favor de ese poder.

El texto jurídico, en tanto texto que pertenece a una institución, es un texto de poder, como también lo son los textos provenientes del Poder Legislativo, del Ejecutivo, etcétera. Cuando hablamos de textos institucionales en general hablamos de estos extremos institucionales, si bien un texto familiar entre padre e hijo, por ejemplo, puede ser analizado como texto de poder institucional. En este sentido también una comunidad es una institución y lo son las naciones y las relaciones que éstas mantengan entre sí, ya sean escritas u orales.

Claro está que en cualquier análisis que se haga de un texto jurídico habría que considerar las llamadas relaciones de poder y las mismas relaciones entre las personas, entre los miembros de la comunidad que se analice o se cuestione a partir del texto jurídico. Recordemos que las relaciones entre personas pueden ser simétricas o complementarias. Las relaciones se clasifican básicamente en simétricas y de complementariedad. En las relaciones simétricas los participantes tienden a igualar su conducta recíproca. En las de complementariedad la conducta de uno de los participantes complementa la del otro, constituyendo un nuevo tipo de patrón.

La simetría y la complementariedad no son en sí mismas ‘buenas' o 'malas', normales o anormales. Ambos conceptos se refieren simplemente a dos categorías básicas en las que se pueden dividir todos los intercambios interaccionales. Pero, existen patologías potenciales tanto en la interacción simétrica como en la complementaria.

En la relación simétrica existe el peligro de la competitividad en tanto los individuos comienzan una carrera por ser un poquito más iguales que los otros. Esta tendencia explica la calidad de escalada que caracteriza a la relación simétrica; la patología de dicha relación se manifiesta por una guerra más o menos abierta. En una relación simétrica sana, cada participante puede aceptar la mismidad del otro, lo cual los lleva al respeto mutuo y a la confianza en ese respeto. También en las relaciones complementarias puede darse una confirmación recíproca, sana y positiva. Pero la patología de estas relaciones ha sido objeto, por parte de la literatura, de mayor atención que la de las relaciones simétricas: “El psicoanálisis las denomina relaciones sadomasoquistas y las entiende como una liasión más o menos fortuita entre dos individuos cuyas respectivas formaciones caracterológicas alteradas se complementan.” Las relaciones de complementariedad rígida se dan también en determinadas situaciones que no implican necesariamente que la relación sea patológica de por sí. Esto variará según el grado de rigidez dentro del que se mueva dicha relación.

Este es el caso de la mayoría de los trabajos o instituciones donde hay un superior y un subordinado; todo depende del grado de complementariedad con el que se manejen estos individuos.

Con frecuencia sucede que ni los mismos especialistas en “jurisprudencia” y “legislación” –y otras ramas y ciencias sociales y humanísticas cercanas a la jurisprudencia y a la legislación– pueden interpretar de manera “adecuada” o “práctica” o “legible” muchos textos jurídicos y legislativos de su área inmediata de competencia. No hablemos ya de la “interpretación” de estos discursos, hablados o escritos, por parte de otros grupos de usuarios de los idiomas, como son, por ejemplo, periodistas, reporteros, comentaristas, críticos, conductores de programas y, finalmente, “el pueblo”, que en América Latina es, generalmente, o analfabeto o analfabeto funcional, salvo exclusivos y contados casos. En realidad, aquí tendríamos que considerar, como mínimo, cinco evidentes cuestiones:

  1. Tenemos que partir de que, como ha dicho el filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais: “el juez hace la ley, en lugar de obedecer a ella, nos guste o no”.

  2. ¿Realmente no se entiende el texto jurídico o legislativo, no se decodifica bien el texto jurídico, la ley, por incompetencia científica o profesional?

  3. ¿No se entiende el texto jurídico o legislativo debido a las barreras sociales, culturales e idiomáticas que pueden presentarse, y de hecho se presentan, en los “grupos instruidos y educados” (?) de ciertas áreas geográficas del mundo, cuestión que puede comprobarse fácilmente a través de las estadísticas internacionales que muestran el estado de la educación en los diferentes países y en las diferentes épocas?

  4. ¿“No se desea” o “no conviene” entender lo que el texto jurídico o legislativo plantea “claramente” inclusive para un no profesional del área de la jurisprudencia y la legislación?

  5. ¿Cómo es posible que entre individuos “civilizados” (?), “cultos” (?), “instruidos” (?), “versados en legislación” (?), que pertenecen a un “supuesto” mismo grupo sociolingüístico y sociocultural, exista una tal distancia, una tal brecha, y a veces hasta un abismo léxico-semántico-cognoscitivo entre la “dinámica de las realidades” y la “dinámica de las percepciones”? ¿No llama esto bastante la atención, por lo menos entre personas “cultivadas” comprometidas con el futuro de nuestras sociedades y con la democracia? ¿No será que independientemente de todo esto, queda claro la “interpretación a discreción” –es decir a conveniencia– de la legislación, de la jurisprudencia, generalmente en beneficio de los poderosos y en perjuicio de los desposeídos, y de aquí la moralina de una inmensa cantidad de los impartidores de justicia decisores de los grandes problemas que existen en la actualidad en nuestros pueblos?

En cualquiera de estos casos, lo que sucede con bastante frecuencia, la “suerte” sería la que pondría su balanza a funcionar, y en especial y desgraciadamente esto afecta a los migrantes o a los “globalizados accidentalmente”, individuos que a las claras están desentendidos de la mayoría de los aspectos jurídicos y legales del país a donde llegan, de la cultura en la que se ven forzados a insertarse por múltiples motivos.

El ideal sería liquidar la corrupción, la delincuencia, las infracciones de la ley, las violaciones de las normas, por la vía de la erradicación de las causas. No obstante, sabemos perfectamente que en muchas sociedades donde se han dado condiciones ideales de naturaleza y esencia, no se ha podido erradicar el delito, la infracción, la violación de la ley. Queda claro también que:

Para que se pueda afianzar la legalidad y el orden jurídico, tiene que quedarle claro a los órganos de justicia, a los tribunales, al Ministerio Fiscal y a los uniformados que velan por el orden en las calles, que toda la fuerza de la alta responsabilidad recae sobre ellos. Los conocimientos profesionales de los funcionarios de estas áreas deben combinarse con la valentía cívica, la probidad y la justicia. Las personas dotadas de estas cualidades son las únicas capaces de cumplir dignamente las serias obligaciones que les incumben (Ruano, 2005b).

Todos los que hemos trabajado, de la manera que sea, la sociología de los grupos, conocemos las características generales que posee un grupo. Así, por lo menos en teoría, se supone que un “grupo” es el conjunto de personas que comparten objetivos e intereses comunes... ¿¡Entonces..., qué pasó con los “grupos” políticos de Iberoamérica!? ¿Cuáles son sus objetivos e intereses comunes, no los que ellos quieren que imaginemos, sino los que en realidad son, los que ellos demuestran que son a partir de sus comportamientos verbales y corporales? Si antes de la aparición de todos estos escándalos políticos, nacionales e internacionales, que han matizado los finales del s. XX y los principios de este siglo XXI, no nos quedaba claro, como individuos en particular y como pueblo, cuáles eran los intereses y objetivos de la mayoría de estos grupos políticos latinoamericanos, hoy, gracias a las indiscreciones y conductas ilícitas y reprobables de muchos funcionarios y al excelente trabajo de los medios de comunicación, el asunto queda más que claro, no hay dudas al respecto...

Todo esto es muy importante porque los comportamientos, las conductas, las rutinas, verbales y corporales, como ya sabemos, se copian; ya conocemos los desagradables resultados de los “plagios invasivos” (James, 2002: 61-62). Y sería terrible que los adolescentes y los jóvenes, de manera particular –aparte de algún que otro involucionado, de algún que otro extraviado sico-social–, copiaran muchas de estas conductas entrópicas. Sabemos que nuestros políticos y gobernantes tienen muchos déficits y que “en el juego de la vida, o del destino, la gente no llega tan lejos como augura su talento, sino como permiten sus limitaciones” (Aguilar, 2005); pero ¿y los asesores y consejeros de nuestros funcionarios y gobernantes dónde están, quiénes son?, ¿cuál es el equipo que rodea a nuestros funcionarios y dirigentes?, ¿cuál es su calificación?, ¿qué es lo que saben y cuánto saben acerca de lo que dicen que saben?, ¿de dónde salieron?, ¿qué experiencia tienen en los cargos que desempeñan, y por lo que le pagamos sus altos salarios y sus privilegiadas prestaciones?, ¿quiénes asesoran, programan, las conductas, los comportamientos de nuestros grupos políticos y gobernantes? Sería bueno que los gobiernos y los grupos políticos de América Latina pensaran más cuidadosamente a la hora de seleccionar a sus asesores y voceros. En algunos casos, esta situación ya parece un circo: ¡hay de todo, y con los más variados matices! ¿Acaso, por ejemplo, los asesores y consejeros de los políticos latinoamericanos no les han dicho –¿o los gobernantes y políticos no quieren aprender?– que cuando vayan a hablar por radio o televisión tienen que considerar que el tiempo es limitado y que, por eso, tienen que avocarse a comunicaciones concretas, claras, sin cantinfleos y trampas lingüísticas; que en estos casos hay que ser muy selectivos en cuanto a cantidad de información? Por ejemplo, luego de un cierto tiempo de comunicación radial o televisiva no sabemos qué fue lo que se quiso decir en realidad. Además, ¿quién ha dicho que el ser universitario –en el mejor de los casos, atendiendo a la formación cultural– automáticamente te abre las puertas de la política, del liderazgo político o gubernamental, de la dirección partidista?, ¿quién ha dicho que por haber escrito libros –muchos o pocos, buenos o malos– ya puedes hacer política o diplomacia?, ¿acaso no hay diferencias tangibles que deben considerarse a este respecto, a menos que queramos pagar caro nuestro atrevimiento y pongamos en riesgo nuestro prestigio (?), nuestra moral (?)?, ¿en los tiempos actuales ya no son necesarias las tres cualidades de mayor importancia para el político: pasión, sentido de responsabilidad y mesura?, ¿ya la carencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad no son los dos pecados mortales en el campo de la política? Para cualquier espectador de la política latinoamericana, nativo o foráneo, es difícil imaginar que la conocida frase “entre nosotros podemos despedazarnos, pero jamás nos haremos daño” tenga un ápice de veracidad. ¡Al contrario! Después de las batallas y las descalificaciones que se producen “entre” los grupos políticos “y dentro” de los mismos grupos políticos el daño, de todo tipo, es irreversible. Nosotros los latinoamericanos tenemos fama de no tener una buena “memoria histórica”; pero eso no quiere decir que seamos “desmemoriados”. Y por otro lado, después de esas batallas políticas ¿para qué queremos los “pedazos” que sobran de esas fragorosas batallas políticas y gubernamentales? ¿Habrá algún ser humano o grupo, sensatos claro está, que quiera esos “pedazos” que quedan de esos “despedazamientos”? ¿Se podrán usar esos “despedazos” en algo útil, que sirva? Recordemos que si no tenemos políticos y estadistas grandes, entonces no tendremos una patria grande, porque la patria depende de los individuos. La patria será grande cuando los individuos sean grandes.

Me decía una colega de la Universidad Carolina de Praga que ella no veía ningún fenómeno entrópico en el discurso político latinoamericano, dado que, afortunadamente, nosotros los latinoamericanos no necesitábamos profundizar en este tipo de comunicación del área, porque aquí solamente existían dos opciones de entendimiento:

• Lo que se prometía y se decía que se iba a hacer, pues ya sabíamos que no se iba cumplir ni tampoco a hacer.

• Lo que se decía que no se podía prometer, pues mucho menos.

Y sí, creo que tiene razón. Esta es una manera muy fácil, sin tantos rodeas científicos, de analizar este asunto en América Latina [...]

¿Golpes de estado en países civilizados..., entre gente civilizada...? ¡Inconcebible en pleno siglo XXI...! En esta América atrasada todo “lo malo” puede pasar, inclusive un golpe de estado en pleno siglo XXI. América es un continente con tradición golpista, como se ha demostrado en Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, México (golpe de estado de Victoriano Huerta a Madero, en 1913), Nicaragua, Panamá, Perú, República Dominicana... ¿Pero “un golpe de estado” a estas alturas del siglo XXI...? Sí, claro... El golpe de estado en Haití en 2004, en contra del presidente electo Jean-Bertrand Aristide –http://es.wikipedia.org/wiki/Crisis_de_Hait%C3%AD_2004 –; el golpe de estado de 2002 en Venezuela, en contra del presidente electo Hugo Chávez – http://es.wikipedia.org/wiki/Golpe_de_Estado_en_Venezuela_de_2002 – y el golpe de estado de Honduras en 2009, en contra del presidente electo Manuel Zelaya Rosales – http://es.wikipedia.org/wiki/Golpe_de_Estado_en_Honduras_de_2009 –, nos dan muestra de hasta dónde puede llegar el atraso y la torpeza en este Continente Americano [...]

¿Qué sabemos acerca de la ONU? Como siempre sucede, hay muchas maneras de boicotear la información que puede abrir los ojos y estimular el pensamiento, la crítica y las reacciones, en especial en los países atrasados y tercermundistas y entre los grupos marginados de los países primermundistas. ¡Hay cosas que “a algunos” no les convienen, por múltiples razones conocidas! De las cosas que suceden “en” estas organizaciones –y “con” estas organizaciones– internacionales –de la misma manera que con muchas nacionales–, “que no convienen ser difundidas”, el pueblo nunca se entera adecuadamente: ¡a veces, sólo rumores, rumores pasajeros! ¿Cómo enterarse si los pocos medios de comunicación masiva, especialmente los televisivos, que están al alcance del “pueblo” no trasmiten esto? En el mejor de los casos, a veces, se comenta “brevemente” estos eventos o partes de ellos. Y, a su vez, suponiendo que estas actividades y eventos internacionales de estas organizaciones como la ONU, la OEA, la Comunidad Europea, etc., tuvieran amplia difusión en los medios televisivos, radiales e impresos “al alcance del pueblo”, que fueran comentados adecuadamente en las escuelas, en las universidades y centros de postgrado “al alcance del pueblo”, etc., ¿entendería el “pueblo” la situación real, la “complejidad” y los “alcances” de estos eventos para la vida y el futuro del “pueblo” y de la Humanidad en general? Hay muchos datos que nos permiten asegurar que “no entenderían”, por lo menos por ahora... La barrera, de partida, se encargan de ponerla el subdesarrollo multilateral, el analfabetismo funcional, la incultura política y la poca o ninguna memoria histórica, todo lo cual no solamente está presente en el “pueblo”, sino también, en mayor o menor medida –casi siempre en mayor medida–, en los “grupos que no se consideran pueblo”, como muestran ciertos estudios, estadísticas y encuestas, en especial en torno al desarrollo mundial, al Índice de Desarrollo Humano, a la pobreza, a la educación, a la cultura política...

Pero si quisiéramos conocer algunos datos en torno a esta organización internacional llamada ONU, que se supone que debe controlar la estabilidad y la seguridad internacionales en todos los sentidos, entonces tal vez sea bueno consultar, por ejemplo, http://www.cinu.org.mx/onu/preguntas.htm#47, para intentar disipar tantas incógnitas... Con respecto a la ONU, no estaría de más preguntarnos: ¿en manos de quiénes está la suerte del planeta?, ¿quién decide la vida o la muerte de los pueblos del mundo y la protección del medio ambiente y los ecosistemas?, ¿qué sabemos, en realidad, de esta organización internacional –compuesta por 192 estados, además del Vaticano, presente en calidad de observador– que mueve miles de millones de dólares y a qué los destina?, ¿quién dirige, en realidad, a la ONU?

Este tema es bastante complejo. Por ejemplo, de los 15 miembros o países del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidos, 5 son permanentes. Estos 5 miembros o países permanentes del Consejo son: Estados Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña y China. A su vez, el mercado mundial de armas está controlado total y absolutamente, tanto en la producción como en la venta, por 13 países: Estados Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña, China, Austria, Bélgica, Brasil, Alemania, Israel, Italia, España, Suiza. ¡Y justamente son estos 5 países mencionados los responsables de más del 80% de las ventas de armas de todo tipo en el mundo! ¡Ésta es, en principio, la verdadera cara de las Naciones Unidas! ¿No es ésta la más cruel paradoja, la más cruel contradicción?

Para tratar este escabroso asunto de la carrera armamentística a nivel internacional y a través de la historia, recomiendo consultar: Joel Levy (2006). Todo lo que te han contado es falso: de los cultos misteriosos del mundo antiguo a las armas de destrucción masiva de Irak. Barcelona, Martínez Roca; Jared Diamond (2006). Armas, gérmenes y acero: breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años. Madrid, Debate; Fernando Sabater (2006). Perdonen las molestias: crónica de una batalla sin armas contra las armas. Madrid, Punto de Lectura.

Hoy existen organizaciones que compiten ya con las Naciones Unidas en ciertos rubros, y hasta la superan, especialmente en lo concerniente al desarrollo y la conservación del planeta y la especie humana, y a los tiempos de respuesta ante los problemas concretos creados por desastres naturales y desastres resultantes de conflictos bélicos, políticos, sociales, religiosos, etc. Al respecto, véase, por ejemplo: www.clintonfoundation.org y www.clintonglobalinitiative.org .

¿Pero a quién se le ocurre confiar en la ONU, una organización que ha sido dirigida, y por dos mandatos seguidos, de 1971 a 1975 y de 1976 a 1980, es decir 10 años consecutivos, por nada más y nada menos que un nazi, el austriaco Kurt Waldheim, acusado hasta de crímenes de guerra (Yallop, 2008a:366, 370; Cohen y Rosenzweig, 1987)? En su incapacidad para salvar su imagen a nivel internacional, y especialmente en Estados Unidos, país en donde constantemente es atacada esta organización por el gobierno de George Bush, la ONU ha buscado el apoyo de Marvel Comics, la editorial norteamericana de comics o muñequitos, con el objetivo de comenzar a fomentar la “buena imagen” de la ONU entre los niños y sus padres, a través de comics que se distribuirán gratuitamente en la grey infantil: http://news.bbc.co.uk/2/hi/7172016.stm , http://www.ft.com/cms/s/f00a5d44-b41c-11dc-a6df-0000779fd2ac,Authorised=false.html?_i_location=http%3A%2F%2Fwww.ft.com%2Fcms%2Fs%2F0%2Ff00a5d44-b41c-11dc-a6df-0000779fd2ac.html%3Fnclick_check%3D1&_i_referer=http%3A%2F%2Fopinionator.blogs.nytimes.com%2F2007%2F12%2F28%2Fthe-uns-comic-invention%2F%3Fscp%3D1%26sq%3Dspiderman%2Band%2Bunited%2Bnations&nclick_check=1 , http://opinionator.blogs.nytimes.com/2007/12/28/the-uns-comic-invention/?scp=1&sq=spiderman+and+united+nations .

Las incapacidades, atolondramientos, negligencias e ineptitudes de todo tipo de la ONU, y las grandes potencias mundiales obviamente, quedaron demostradas, una vez más, en el llamado “Conflicto de la Franja de Gaza 2008-2009” u “Operación Plomo Fundido u Operation Cast Lead o עופרת יצוקה”, cuestión que puede verse más detalladamente en: http://es.wikipedia.org/wiki/Operaci%C3%B3n_Plomo_Fundido . Al respecto véase, además, revista mexicana Proceso, 2009, No. 1680, que está disponible en: http://www.proceso.com.mx/impreso.php?impreso=1680 .

¿Y dónde ha estado la ONU cuando se han producido los golpes de estado en América? ¿Qué ha hecho la ONU para resolver los continuos golpes de estado en América? ¡Nada...! En estos casos de los golpes de estado en América la ONU ha estado “en ningún lugar”... Claro: ¡bla, bla, bla, bla, y reuniones van y reuniones vienen y gastaderas de dinero van y gastaderas de dinero vienen, y viajes van y viajes vienen...!; pero ¿y la concreta? Por si hubiera alguna duda al respecto, recordemos los recientes golpes de estado en pleno siglo XXI en Venezuela ( http://es.wikipedia.org/wiki/Golpe_de_Estado_en_Venezuela_de_2002 ) y en Honduras ( http://es.wikipedia.org/wiki/Golpe_de_Estado_en_Honduras_de_2009 ) [...]

OEA, Organización de Estados Americanos. Esta organización, que reunió en un principio a 35 países, se supone que tiene como principal objetivo “Consolidar la paz y la seguridad en el Continente...”. Pero cómo resuelve la OEA este asunto de la “paz” y la “seguridad” en América. Muy sencillo, expulsando de su organización a países que no coinciden con sus “teorías” y “lineamientos”, como hicieron con Cuba en 1962. Al respecto se dice en Wikipedia: “Precisamente Cuba fue suspendida porque la conferencia consideró que el comunismo era incompatible con el espíritu de la organización americana.” Entonces, cuál paz, cuál seguridad, en dónde... Los tantos y tantos conflictos en América, las guerras, las corruptelas de los directivos de la OEA, como fue el caso de su Secretario General, el ex-presidente de Costa Rica, Miguel Ángel Rodríguez Echeverría ( http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_%C3%81ngel_Rodr%C3%ADguez_Echeverr%C3%ADa ), enjuiciado en su país, nos dicen para qué es lo que sirve la OEA... ¿Y qué hace ahora José Miguel Insulza ( http://es.wikipedia.org/wiki/Insulza ) en su función de Secretario General de la OEA? ¿Usted sabe? ¿Quién sabe? ¿Para qué ha servido este hombre en los casos problemáticos de los países de América Latina? ¿Y el caso Honduras, el golpe de estado de Honduras de 2009 ( http://es.wikipedia.org/wiki/Golpe_de_Estado_en_Honduras_de_2009 )? Recordemos que el chileno Insulza competía para ese cargo de la OEA con nada más y nada menos que el “desastre de persona” llamado Luis Ernesto Derbez Bautista ( http://es.wikipedia.org/wiki/Luis_Ernesto_Derbez ). ¿Qué barbaridades no hizo el mexicano Derbez en sus tiempos de secretario de relaciones exteriores bajo el gobierno de Vicente Fox? [...]

La compleja, desdibujada y desafortunada imagen política, gubernamental y de la administración pública en América siempre me hace recordar –“por alguna extraña razón” y tal vez debido a los sueños guajiros– las reconfortables y maravillosas canciones If I Ruled The World, en las voces de los extraordinarios Tony Bennett y Céline Dion; Imagine, del inolvidable John Lennon; El rey de las flores, del excelente cantautor Silvio Rodríguez; La era está pariendo un corazón, con letra de Silvio Rodríguez y en la voz de la diva cubana Omara Portuondo; A partir de mañana, Miguitas de ternura, Pobre mi patrón, Castillos en el aire, Camina siempre adelante, No me llames extranjero..., de uno de los cantautores más trascendentales de los tiempos modernos: Alberto Cortez; Canción con todos, con letra de A. Tejada Gómez y C. Isella; Sólo le pido a Dios, con letra de León Gieco; Hermano, dame tu mano, con letra de J. Sánchez y J. Sosa; ¿Será posible el Sur?, con letra de J. Boccanera y Carlos P. de Peralta, todas en la voz de la grandiosa Mercedes Sosa... Claro está que aquí también recuerdo, por si fuera necesario, Frijolero, de Molotov.

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