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June 7, 2012 | History

Mario Garfias Pacheco

1920 - 1980

*Mario Garfias, Escritor y Periodista*

Mario Garfias Pacheco fue un periodista brillante que nació en 1920 y murió en 1980.
Hombre del siglo XX.
Afectado en su niñez por diversos achaques físicos, aprendió a leer, en horas de convalecencia, recortando y juntando letras sacadas de titulares de diarios y revistas.
Ya en posesión del medio, sintió la seducción de autores como Víctor Hugo, Julio Verne y Rubén Darío. Escribió poemas de corte romántico en estilo casi parnasiano. Escribió fábulas orientales en tiempos de Mariano Latorre y de Antonio Acevedo Hernández.
Hizo sus estudios regulares en la Escuela Federico Errázuriz y en el Instituto Nacional.
Antes de los 20 años trabajaba como reportero en el diario “El Sol”, obra de Rodolfo Jaramillo y René Silva Espejo.
Alumno del escultor Raúl Vargas en la Escuela Nacional de Bellas Artes, abandonó estas labores para incorporarse al elenco de cronistas y reporteros de “Las Ultimas Noticias”.
En corto lapso se distinguió como uno de los mejores. Byron Gigoux James, director que había convertido su diario en una verdadera escuela de grumetes del periodismo, le confirió la responsabilidad de la jefatura de informaciones de la primera edición después de probar sus aptitudes en el despacho de la segunda.
¿En qué consistía entonces ser buen periodista?
En saber leer y escribir con atendible propiedad. En tener especial olfato para captar un hecho noticioso. En tener criterio equilibrado para apreciar las consecuencias de la publicación de una noticia. Todo esto requería, obviamente, de una preocupación seria, con acceso pormenorizado a las fuentes del conocimiento.
Se supone que la experiencia constituía una carta de crédito para tales menesteres. No tardó el crédito de los años en ser desplazado por el dinamismo de la juventud más cultivada.
En esta pléyade, dominada por individuos excepcionales como Santiago del Campo, Luis Hernández Parker, Orlando Cabrera Leiva, René Olivares, Juan Emilio Pacull, Gonzalo Orrego Salazar, José Dolores Vásquez Muruaga, Mario Planet, Hernán Millas, Rafael Otero y Hugo Goldsack, el nombre de Mario Garfias alcanzó muy luego el alto prestigio de la cultura y la eficacia.
En 1947, al hacerme cargo de mi primer puesto en el diario del cual él era editor general de informaciones, me asombró la rapidez con que este hombre tan joven era capaz de reunir y organizar hasta en sus menores detalles los elementos del despacho. Garfias sustentaba la virtud triple del cronista atractivo, del titulero afortunado y del organizador exacto.
Escrutador ávido de la historia, nutría su espíritu, siempre insatisfecho, con la lectura de Teodoro Mommsen y de los más grandes investigadores clásicos. No era dado, curiosamente, al examen minucioso de lo muy criollo en el ámbito de la historia. Cuando arribó por primera vez a Londres o a París sorprendió a sus compañeros de viaje por el conocimiento acabado que ya tenía de cada uno de los puntos que visitaban. Apasionado memorialista de una Europa que había vivido en sueños, suscitaba el goce de quienes lo oían con el relato magnífico de asuntos de otros tiempos.
Entre los escritores españoles, su preferencia por don Pío Baroja era manifiesta. Lo leía y releía. Para el Balzac y Baroja eran los mejores novelistas de todos los tiempos. Dejaba de mano el alcance que le hacía el estricto Edmundo Concha en el sentido de que Baroja tenía una prosa descuidada. Para Mario Garfias las aventuras de Aviraneta no necesitaban de prosa muy cuidada.
En 1948 o 1949, en el estudio de su casa, situada en la calle Eduardo Llanos, de Ñuñoa, me leyó un capítulo de una novela que consideré de un realismo moderno y vigoroso. Esta novela se llamaba -recuerdo bien- “Cambiaron los días”. Lamentablemente, los originales de tal obra de juventud desaparecieron con el paso de los años. He llegado a pensar que el propio autor resolvió en algún momento eliminarlos.
Los cuentos que forman el presente volumen -“Los caballos de arena”- los escribió Mario Garfias en trance de muerte, en una agonía que se extendió por tiempo largo. Lo vi en no pocas ocasiones, torturado hasta las llagas por la enfermedad que nos lo arrancaría de este mundo antes de cumplir 60 años, esmerarse en la construcción de una frase, en la búsqueda de un adjetivo, en la composición de un instante preciso.
En su “Diccionario de la literatura chilena”, Efraín Szmulewicz, magnánimo editor de este volumen en su calidad de gran amigo del autor, escribe lo que sigue: “Dejó una nutrida labor en cuentos y novela. Escribió ensayos sobre temas literarios. En una correspondencia entre Luis Sánchez Latorre (cuñado de Garfias) y Ernesto Sábato, este último consideró indispensable editar las obras del escritor en comento. Sin embargo, hasta ahora no se ha llevado a cabo esta tarea, lo que es lamentable para las letras chilenas, en consideración a su calidad”.
Bien dicen que la justicia tarda, pero llega.

Luis Sánchez Latorre

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